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viernes, 9 de abril de 2010

Laura Jurado: El doctor de las epidemias (Antoni Roca i Flaquer)


Ocurrió en Menorca / Medicina 'de riesgo'

Cuando Antoni Roca i Flaquer [(1825 - 1900)] llegó a la medicina, la máxima contención para las epidemias eran las fronteras humanas de los cordones sanitarios. Una situación pese a la cual se enfrentó voluntariamente a los sucesivos brotes de cólera asiático y fiebre amarilla que atacaron la isla. Por Laura Jurado.

Antoni Roca i Flaquer fue un superhéroe en los tiempos en que las miasmas centraban la atención sanitaria. Una especie de cazafantasmas clínico contra todos aquellos efluvios malignos que, como se creía, desprendían los cuerpos enfermos y las materias corruptas. Un mal invisible llamado epidemia contra el que él luchó, sin apenas medios, a capa y espada.

Nacido en Mahón en 1825, Antoni Roca i Flaquer puso el punto y seguido a la saga de empresarios de la navegación que predominaba en su familia. Con él se inició de prestigiosos médicos. Después de cursar la enseñanza básica en Ciutadella, se trasladó a la Universidad de Barcelona para estudiar Física experimental y Química. En 1843 comenzó sus estudios en Medicina por los que obtuvo el grado de Bachiller en Medicina y Cirugía y, dos años después, el título de licenciado. Sería en ese mismo año cuando leyó una memoria: "Com obra el cloroform en l'economia humana, i en quines circumstàncies està indicat o deixat d'estar-ho?", su primer texto científico.

Después de acabar la universidad, el menorquín se trasladó a Montpellier para cursar una especialidad en Oftalmología, tras la cual regresó a su isla. Sin embargo, allí la situación histórica de la medicina no permitía ejercer esta faceta. «Las esecialidades médicas aparecen a mediados del siglo XIX, pero en Menorca se retrasarian hasta el XX. Rafael Saura Eymar fue uno de los primeros especialistas, en su caso en ginecología. Pons i Marqués fue probablemente, el primer oculista que se recuerda, ya que fundó el primer gabinete oftalmológico en Mahón», afirma el vicepresidente del Ateneo de Mahón, Miguel Ángel Limón.

De vuelta a Menorca, sus primeros años de ejercicio pasaron como médico del primer batallón del Regimiento de Isabel II. Pese a que durante una breve temporada viajó a Lleida como médico auxiliar de su hospital provincial, regresó para convertirse en interino del Hospital Militar de Mahón por Real Orden en 1861.

Con su nombramiento como médico consultor del Lazareto de Mahón en 1868 remató su vinculación con las epidemias. Su cargo como director médico de la Dirección de Sanidad Marítima le llevó a hacer la visita a las naves en tránsito por el puerto. Al frente de la sección sucia de la institución - donde se internaban los viajeros susceptibles de sufrir alguna enfermedad - accedió voluntariamente a asistir a varios individuos procedentes de Puerto Rico atacados de fiebre amarilla. «Todo en una época en la que la falta de recursos y de conocimientos hacía que más que dedicarse al tratamiento, los esfuerzos se centraran en evitar la propagación del mal», explica Limón.

Tres años antes, Roca i Flaquer tuvo su actuación más memorable y la que le valió cierto reconocimiento para la posteridad: su intervención en la epidemia de cólera asiático que atacó la isla en otoño de 1865.

El brote tenía en jaque a todo el Mediterráneo oriental: desde Cataluña hasta el área francesa de Marsella pasando por Valencia y Baleares. Uno de los últimos grandes casos de cólera del siglo XIX que, en Menorca, se cebó con los municipios de Ciutadella y Es Mercadal. «En este último, el médico titular enfermó, aunque no por la epidemia, y cuando el Ayutamiento de Mahón hizo un llamamiento para solicitar refuerzos, Antoni Roca i Flaquer acudió voluntariamente», relata el vicepresidente del Ateneo mahonés.

En el punto álgido de la epidemia, el médico se trasladó a Es Mercadal para seguir de cerca la evolución de la enfermedad. «Los medios eran mínimos y él acudió sabiendo que ponía en peligro su propia vida. El brote comenzó en otoño y antes de Navidad ya se había levantado el cordón sanitario», afirma. Una frontera que hiciera imposible el paso de personas e incluso de mercancías sin permiso de las autoridades.

Se creía que los cuerpos enfermos, las materias corruptas y las aguas estancadas producían unos vapores que trasladaban la enfermedad de un lugar a otro. Los efluvios que Thomas Sydenham y Giovanni María Lancisi bautizaron como miasmas en el siglo XVII y que durante mucho tiempo se pretendieron combatir con la fumigación de perfumes y gases fuertes.

«Tenía que ser el ángel salvador que, corriendo veloz y espontáneamente hasta el lugar infectado de donde todos huían llenos del más profundo terror», escribía la prensa local sobre su hazaña. Una batalla de superhéroe sanitario que le valió ser nombrado Hijo Ilustre.

Durante sus últimas décadas, Roca i Flaquer combinó su actividad médica con la consular, siendo vicecónsul de Suecia - Noruega durante ocho años, y después de Portugal hasta que la enfermedad le impedió seguir. Poca información se tiene sobre la causa que le quitó la vida en 1900. Quizá alguna de aquellas epidemias demoníacas le venció el pulso en un descuido. Cuando murió, la prensa de Mahón pidió para él un reconocimiento que hiciera justicia a su valentía. Cuentan que los funerales por su alma fueron los más solemnes que se recuerdan.

DNI

  • Nombre: Antoni Roca Flaquer

  • Época: 1825 . 1900

  • Natural de: Mahón

  • Profesión: Médico

  • Popular por: Su papel destacado en el tratamiento de las epidemias que asolaron Menorca en el siglo XIX, principalmente desde el Lazareto de Mahón y la Dirección de Sanidad Marítima de dicho puerto.




Artículo escrito por Laura Jurado y publicado en el suplemento Baleópolis del periódico El Mundo de Baleares del 30 de marzo de 2010.

martes, 6 de abril de 2010

Baleopolis, abril 2010

Elena Soto: Antártida, el sensor del planeta (elmundo.es, 06/04/2010)
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Elena Soto: El universo de lo ínfimo (elmundo.es, 27/04/2010)
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martes, 2 de marzo de 2010

Baleopolis marzo 2010

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Laura Jurado: El helicóptero quijotesco (Pere Sastre - Pere de Son Gall -) (02/03/2010)


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Laura Jurado: La 'pole position' eléctrica (Francesc Andreu Femenías) (16/03/2010)


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Elena Soto: Baleares en la sala de Rayos X (30/03/2010)
Laura Jurado: No han puesto enlace al artículo "El doctor de las epidemias" (Antoni Roca Flaquer (1825 - 1900)) (30/03/2010)

martes, 19 de enero de 2010

La ruta menorquina de la seda (Francesc Cardona i Orfila)

Laura Jurado | Palma martes 19/01/2010

El acercamiento de Francesc Cardona i Orfila a la ciencia es tan misterioso como el secreto mismo de la Creación. Comenzó por compatibilizar su actividad sacerdotal con sus inquietudes científicas y acabó por hacer de éstas últimas una industria pionera con seda made in Alaior.

Su formación en Teología en Valencia y Barcelona puso a Cardona i Orfila en el camino del ministerio sacerdotal y la pedagogía. El origen de su interés por la ciencia es algo desconocido, pero pronto lo aplicó a sus obligaciones eclesiásticas y colaboró con el Obispado en la creación de los gabinetes de física y química y de historia natural del Seminario Conciliar de Ciutadella. Pronto comenzaron sus investigaciones en dos áreas diferentes: la entomología –que estudia los insectos– y la malacología –interesada en los moluscos–. Dos facetas en las que se convirtió en un verdadero coleccionista. Sus conocimientos crecían al mismo tiempo que el número de ejemplares de su propiedad.

Sus tres volúmenes sobre entomología –entre ellos el Catálogo de los coleópteros de Menorca (1872)– recogían los nombres en latín de las especies, el que recibían en catalán y su hábitat. Por otro lado, su colección de moluscos fue durante mucho tiempo la segunda más importante de España en número de ejemplares sólo superada por la del Museo de Ciencias Naturales de Madrid.

«Existió un proyecto para crear un museo de Historia Natural con Rodríguez Femenías entre sus impulsores. Sin embargo, el fracaso de la iniciativa hizo que se dispersaran las colecciones de Cardona i Orfila y se perdieran ejemplares», afirma el conservador del museo de Ciencias Naturales del Ateneu de Mahón, Llorenç Pons. El Seminario de Ciutadella, el Museo de Menorca y el Ateneu acogieron parte de esas colecciones. Sólo éste último cuenta en sus depósitos con más de 4.000 ejemplares de todo el mundo: Filipinas, Brasil, Panamá o el sudeste asiático.

En 1881 Cardona i Orfila se convirtió en el representante menorquín de un proyecto que se extendió por todo el sur de Europa. Tras una epidemia que diezmó el cultivo del gusano de seda común en el continente, se implantaron numerosas granjas para la producción de seda salvaje a partir de una nueva especie: el Antheraea pernyi, por entonces denominado Attacus pernyi.

En España se instalaron granjas en Castellón, Barcelona, Navarra, Vizcaya y Menorca. Aquella nueva especie –también conocida como el gusano de seda del roble– era criada desde hacía siglos en Oriente para obtener lo que hoy se conoce como seda salvaje, más difícil de trabajar pero también más resistente que la tradicional.

«En La Isla de Menorca del Archiduque, con quien también colaboró Cardona, ya se hace mención al intento de cría de esta especie para instalar en la isla una industria de la seda», apunta Pons. Pero las granjas menorquinas contaban con un problema añadido: la ausencia casi absoluta de robles, fuente de alimento del gusano. Ahí fue donde intervino el religioso.

Su idea era que el Attacus pernyi cambiara su alimentación por las hojas de encina, un árbol abundante en Menorca. Entre 1881 y 1883 comenzó las pruebas. Dos opúsculos recogieron más tarde su experiencia bajo el título Apuntes sobre la aclimatación del Attacus pernyi, gusano de seda bivoltino del roble, efectuada en Menorca, a domicilio y en el monte, con la hoja de encina, Quercus ilex. «El lugar elegido fue la possessió de Son Gall en Alaior. Allí, además de existir un gran encinar, contaba con la ayuda de sus propietarios», detalla el conservador museístico.

El objetivo era crear una industria de la seda en Menorca gracias al abastecimiento de la materia prima, los gusanos. Su proyecto pionero contó con muy pocos apoyos en la sociedad menorquina. Una carencia que se sumó a los escasos recursos económicos y a la falta de rentabilidad de las granjas hasta dar por finalizada la aventura en la isla en 1886.

Como en Menorca, el resto de granjas de España cerraron durante los primeros años del siglo XX. Sin embargo, lo que fue considerado un fracaso empresarial fue probablemente una victoria biológica. Los Attacus pernyi –hoy renombrados como Antheraea pernyi– no llegaron a proliferar pero el experimento de Cardona i Orfila consiguió que aún hoy en día orugas y mariposas de esta especie sigan reproduciéndose en encinares menorquines.

Fuente
Elena Soto: La sal marca el ritmo turbulento del océano

martes, 5 de enero de 2010

Sardinas sobre cuatro ruedas (Loryc)

Laura Jurado Palma martes 05/01/2010

Loryc

Tres años después del fin de la Primera Guerra Mundial tres empresarios se reunieron en Palma para convertirse en pioneros de la tecnología local. Loryc sería la primera marca de coches con sello mallorquín. Para muchos, una utopía automovilística que se apagó con la velocidad del rayo.

El final de la contienda supuso para España el desabastecimiento de productos extranjeros. Un factor decisivo para la puesta en marcha de numerosas fábricas nacionales que, con una vida más o menos corta, acabaron con la exclusividad de la presencia foránea.

Por aquella misma época llegaba a Mallorca Albert Ouvrard, técnico de Renault. Nada se sabe sobre el motivo de su viaje pero al poco tiempo entró en contacto con dos empresarios locales: Rafael de Lacy, representante de la marca de coches Minerva, y Antonio Ribas, transportista naval. Una relación que desembocó en la constitución de la primera empresa automovilística mallorquina: Loryc (Lacy, Ouvrard, Ribas y compañía).

Con un capital inicial de 50.000 pesetas y otros tantos accionistas, Loryc comenzó su actividad fabril en 1920. La industria de los transportes, la reparación de vehículos mecánicos y la fabricación de maquinaria agrícola se incluían entre los objetivos de la empresa. Mientras iniciaba la producción de coches sus talleres se dedicaban también al montaje de motocicletas Harley Davidson.

Su fábrica se instaló en la actual avenida Gabriel Alomar y Villalonga pero los primeros coches construidos eran aún franceses. Se trataba de vehículos EHP construidos bajo licencia pero pronto se nacionalizó la producción la carrocería se hacían en Palma y sólo los motores provenían aún de Francia.

El primer Loryc matriculado fue un modelo torpedo –al estilo del Hispano Suiza– que salió a la calle en noviembre de 1921 con la PM 507. Un coche de acero embutido y con mecanismo de frenado aún sólo para las ruedas traseras. Poco después apareció el coche que les valió el apodo de sardina: un modelo deportivo con carrocería de aluminio y línea alargada.

A aquel primer ejemplar biplaza y descubierto le siguió otro triplaza y también descapotable. Algo más tarde comenzaba la producción de tipos cubiertos cuando la fábrica ya se había trasladado a unos terrenos de S’Aigo Dolça –parte de los que hoy ocupa el hotel Palas Atenea– y presumía de la construcción de un vehículo al día.

«Durante los dos primeros años consiguieron vender rápidamente toda su producción y se situaron en el quinto lugar de volumen de ventas entre más de 150 marcas diferentes», afirma Ferran Pujalte en Transports i comunicacions a les Balears durant el segle XX.

Pese a aquel Loryc-sardina el objetivo de la factoría mallorquina no era crear vehículos deportivos sino económicos, sencillos y fiables. Aún así decidió intentar batir a la competencia en los circuitos con motores de más de 1.000 cc y 35 caballos de potencia que conseguían que los coches rodaran a 140 kilómetros hora.

Su estreno en competición llegó con la IV Vuelta a Barcelona en 1922 donde la firma se hizo con los primeros puestos de su categoría. En el Gran Premio de ciclocoches de Le Mans (Francia) un Loryc pilotado por Frick Armangué logró el tercer puesto y marcó la vuelta rápida.

En aquel mismo 1922 Loryc acudió a la II Feria Internacional del Automóvil de Barcelona. Entre las críticas favorables que la empresa mallorquina recibió destacó el interés que el monarca, Alfonso XIII, mostró por la factoría. Una curiosidad que, según algunas crónicas de la época, le llevó a conducir uno de los coches expuestos.

Todo lo bueno que la firma consiguió en aquel año se transformó en negativo en apenas unos meses. El Gobierno aprobaba el Real Decreto 22/4/22 que eliminaba los aranceles a los coches completos mientras los cuadruplicaba para los componentes. La dependencia de motores franceses de los Loryc comenzó a pasar factura al tiempo que otras marcas se adueñaban del mercado.

Con semejante nivel de competencia, la empresa rebajó el precio de sus coches hasta las 5.000 pesetas, por debajo de los costes de producción. Sus medios casi artesanales no podían competir con las cadenas de producción de otras compañías que les permitían vender a precios más bajos. Aún con la rebaja de Loryc un Citroën 5 caballos costaba 4.500 pesetas.

En 1923 la fábrica cerraba sus puertas y vendía los terrenos. La sociedad aguantó algo más dedicándose a la importación de los EHP franceses hasta disolverse en 1925. En 1929 los talleres Darder –que tuvieron una colaboración permanente con la factoría– montaron los últimos Loryc. Hoy el tesoro coleccionista del mallorquín Antoni Batle es su último reducto.

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Elena Soto: El mamífero que sobrevive a la rabia

martes, 22 de diciembre de 2009

La fauna marina del meridiano (Delaroche)

Laura Jurado | Palma martes 22/12/2009



La expedición para la medición del meridiano de París incluyó a Baleares en una de las empresas más importantes del siglo XVIII que acabaría con la implantación del sistema métrico decimal. Pero no sólo eso. Supuso el desembarco de científicos de primera línea que conectaron las Islas con los conocimientos más avanzados de Europa. Entre ellos, el ictiólogo François-Étienne Delaroche.

De todos los científicos que llegaron con el meridiano de París entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, Delaroche es quizá uno de los más desconocidos. Nació en Ginebra en 1781, aunque otros autores afirman que su nacimiento fue en el convulso año de 1789. Sus primeros años pasaron a caballo entre Londres y su ciudad natal, después de que su familia tuviera que abandonar París con el estallido de la Revolución Francesa.

Fue en Ginebra donde inició sus estudios de Medicina. Pronto adquirió también un gran interés por la botánica, herencia de su padre Daniel Delaroche. Ambos colaboraron con Cardolle en estudios físicos y botánicos.

Tras doctorarse en la capital suiza, continuó su formación en Edimburgo y París, donde se convirtió en médico del duque de Orleans. Probablemente fue allí donde conoció el proyecto del meridiano sin saber que él mismo acabaría por unirse años después. En aquel momento Jean Baptiste Biot ya había llegado a las Islas. Según algunos autores como el historiador Gaspar Valero, Biot fue el iniciador de la labor de Delaroche.

Parece que el francés realizó algunos experimentos sobre los peces que vivían en las profundidades del Mediterráneo balear antes de la llegada del suizo. Unos estudios con los que convenció al ministro del Interior francés de que incorporara un naturalista a la expedición. Para otros, tras un viaje a París, Biot volvió con su amigo Delaroche, quien quería realizar un estudio sobre los peces de las Pitiusas.

Lo cierto es que en 1807 el científico suizo llegó al observatorio de Formentera donde pasaría todo un invierno. Observations sur des poissons recueillis daus un voyage aux Îles Baléareas et Pythyuses publicado en 1809 en los Anales del Museo de Historia Natural de París –junto a seis grabados– fue el fruto de sus investigaciones. «Era el primer estudio sobre ictiología que se hacía sobre las Pitiusas y toda una maravilla en Europa», afirma el oceanógrafo Miquel Duran Ordiñana.

En la primera parte, Delaroche describía el tipo de pesca que existía en Ibiza en aquella época. Por otro lado, incorporaba un análisis sobre las posibilidades de vida en aguas profundas que confirmó con algunos peces capturados a 450 metros con ayuda de unos palangres.

Según Valero, las observaciones de Delaroche llegaron a la misma conclusión que Biot: que la vejiga natatoria de los peces contenía más oxígeno cuanto mayor era la profundidad en la que vivían. «Son unas conclusiones confusas porque precisamente una de las especies descubiertas por el suizo, la escórpora, no posee esta vejiga», plantea Duran Ordiñana.

En La Suite du Mémoire sur les espéces de poissons observées à Iviça, Delaroche enumeraba unas 60 especies de peces observadas en Ibiza. Además, describía las menos conocidas. «Delaroche envió al Museo de Historia Natural de París lo que se denominan ejemplares tipo: peces que sirvieron para describir las nuevas especies».

Pese a que el científico mallorquín reconoce que Delaroche no se equivocó a la hora de determinar cuáles eran las nuevas especies, sí lo hizo en el nombre de algunas ya conocidas. En lugar del catalán pedaç, por ejemplo, escribió podas, una grafía que utilizó para formar el nombre en latín de la especie. Actualmente la Pleuronectes podas. Otros tantos nombres se mantuvieron. Si no eran correctos fueron, por lo menos, aceptados.

Apenas cuatro años después, Delaroche fallecía en París con sólo 31 años. Su obra y sus estudios quedaron interrumpidos repentinamente. Las escasas pistas de su visita a las Pitiusas conducían todas a París. «En aquel momento Baleares tenía un enorme retraso cultural, pero todos los ictiólogos reconocieron rápidamente la importancia de sus estudios», asegura el oceanógrafo.

Pasaría más de medio siglo hasta que el catalán Francesc Barceló i Combis realizara un nuevo catálogo de peces. «Un listado lejos de la profundidad del de Delaroche», afirma Duran Ordiñana. El retrato de una fauna pionera en las Islas que hoy se conserva y estudia lejos de su Ibiza original.

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Elena Soto: El polen, la huella dactilar de las flores

viernes, 18 de diciembre de 2009

El secador inglés de S'Albufera (Bateman)

Laura Jurado | Palma martes 15/12/2009

Albufera
Vista general de S'Albufera con la central eléctrica de Es Murterar al fondo. | Mariona Cerdó

Imagine toda S’Albufera de Alcúdia convertida en un campo de cultivo. En un inmenso arrozal, concretamente. Antes de su visión turística y medioambiental la zona era sólo una ciénaga fuente de fiebres y paludismo. En 1862 llegó el mesías, el doctor empresario John Frederic Bateman.

"Aquellos dilatados y tétricos cañaverales en cuyas deletéreas brumas se cernía pavorosa la imagen de la muerte". Así describía la Revista de Obras Públicas la percepción que se tenía de S’Albufera en el siglo XIX. «Era una zona de ambiente enfermizo origen de muchas fiebres, enfermedades y paludismo. Siempre se decía que a Sa Pobla iban a vivir quienes no tenían otro lugar», añade el investigador y geólogo Andreu Muntaner.

Al mal estado de la salud pública se sumaban las crecidas de sus aguas que arrasaban muchas tierras de labor. Una situación inaguantable que hizo que proliferaran los intentos de desecación desde el siglo XVIII. La gran productividad de la zona hacía pensar en un aprovechamiento agrícola además del saneamiento.

"Cuestiones económicas y políticas asociadas a la propiedad de las tierras", como afirma Muntaner, fueron algunas de las causas de que la desecación no se desarrollara. En el terreno de la superstición científica también se creía que, de realizarse, podía suponer el agotamiento definitivo del agua. En 1851 la publicación de una Real Orden que reconocía la necesidad de secar la Albufera permitió el inicio de las obras.

A cientos de kilómetros de Mallorca, en Inglaterra, vivía y trabajaba John Frederic Bateman: un experto en ingeniería hidráulica en cuyo currículum destacaba el suministro de agua a Manchester como su proyecto más importante. Según explican C. Picornell y A. Ginard en John Frederic Latrobe Bateman, probablemente fue en Barcelona donde conoció el proyecto de s’Albufera y entró en negociaciones con los ingenieros que tenían la concesión.

En 1862 la New Majorca Land Company –con Bateman incluido– asumía la desecación, pese a que las obras no comenzaron hasta abril de 1863. Sobre un proyecto anterior de Villaverde diseñaron el plan definitivo. "Donde hoy está el centro de interpretación instalaron una rueda hidráulica que repartía el agua a los canales, una sala de calderas y todo un sistema para traer agua dulce desde una fuente", enumera el investigador.

La desecación supuso la construcción de la mayoría de infraestructuras actuales: más de 40 kilómetros de caminos, once puentes, un pantalán marítimo de 300 metros y el Gran Canal –que llevaba hasta el mar el agua de los dos torrentes que abastecían la Albufera– de 60 metros de ancho y 2.500 de largo. Tareas que congregaron a más de mil trabajadores además de las familias de la colonia agrícola de Gatamoix.

En noviembre de 1870 las obras llegaban a su final y un año después, el Ministerio de Fomento otorgaba a la New Majorca Land Company la propiedad de las tierras desecadas. Una extensión de más de 2.000 hectáreas.

El éxito parecía conseguido pero pronto cambiaron las cosas. "Las tierras de S’Albufera estaban por debajo del nivel del mar y por eso se inundaban de agua salada que obligaba a inyectar más agua dulce. Las variaciones del mar no se podían controlar. El cambio climático ha existido siempre", relata Muntaner. Las nuevas filtraciones de agua y los problemas de salinización hicieron que menguara la tierra disponible para cultivo hasta las 400 hectáreas.

El proyecto redujo el riesgo de inundaciones y saneó la zona de enfermedades pero fracasó desde el punto de vista empresarial. La zona de cultivo no era suficiente para rentabilizar los 17,5 millones de pesetas que según C. Picornell y A. Ginard se inviertieron en la desecación.

En 1886 Bateman donaba las tierras a su hijo Lee. La empresa había llegado a tener su propia moneda para pagar a los trabajadores de la colonia agrícola pero el declive continuó hasta que la familia Gual Torrella adquirió toda S’Albufera en 1896.

Una fábrica de papel, una central eléctrica y el actual Parque Natural escriben el pasado más reciente de la zona. Bateman regresó a Inglaterra y el legado documental de su proyecto mallorquín, del que no hay imágenes, se diseminó por España. Por el momento, el Pont dels Anglesos seguirá recordando su paso.

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Elena Soto: Patrimonio con efectos especiales

martes, 8 de diciembre de 2009

El microcosmos de los fósiles (Guillem Colom)

Laura Jurado | Palma lunes 07/12/2009

Si a Guillem Colom le hubieran otorgado el Premio Príncipe de Asturias a la Investigación Científica y Técnica, medio Sóller se habría preguntado por qué. Había rechazado ofertas de compañías americanas para quedarse en Mallorca pero pocos sabían que en la Vall de les Taronges se escondía un pionero en la micropaleontología española.

Colom –nacido en Sóller en 1900– fue el dios científico de las pequeñas cosas. Por influencia de un abuelo o por una casa que su familia había comprado en el campo, su primer interés por la naturaleza comenzó por los insectos. El salto llegó a los 18 años cuando ingresó como socio numerario en la Sociedad Entomológica de España e inició la correspondencia con los principales científicos del país.

Cuando llegó el momento de entrar en la Universidad, Colom se dividía entre la pasión empresarial de su padre –uno de los promotores del tren de Sóller– y su propia afición por las ciencias naturales. "Tenía 22 años y la Guerra del Rif desbarató todos sus planes. Fue reclutado aunque no llegó a ir a África sino que se quedó en Palma", explica el investigador y micropaleontólogo Guillem Mateu.

El Congreso Internacional de Geología de 1925 puso al solleric en su verdadero camino. "El encuentro se celebró en Madrid pero la excursión fue en Mallorca donde él se unió. El Congreso pedía que en España hubiera un experto en micropaleontología", afirma Mateu. Una necesidad que se unió a la influencia del geólogo Bartomeu Darder.

Colom dedicó prácticamente toda su vida al estudio de los foraminíferos fósiles: diminutos fósiles de organismos unicelulares que se encuentran en algunas montañas de Mallorca que estuvieron sumergidas en el mar. "La Universidad Complutense le encargó entonces el primer tratado de micropaleontología en español. Sus obras se convirtieron en fundamentales además de descubrir más de 250 nuevas especies", añade Mateu.

Alentado por Darder y Paul Fallet y animado por su espinita universitaria, Guillem Colom se marchó a estudiar a Europa. Primero en los cursos de Geología de La Sorbona y el Museo de Ciencias Naturales de París; luego, en una especialización en Petrología y rocas sedimentarias en Estrasburgo. Siempre como alumno libre. "Era tan sabio que no necesitaba ningún título que hablara por él".

El reconocimiento internacional del solleric no hacía más que aumentar. Mantenía correspondencia con centros de investigación de todo el mundo. Una "universidad a distancia" como define Mateu compuesta por más de 5.000 cartas. Su formación en petrología le llevó a trabajar para compañías americanas como la Standard Oil Company en busca de yacimientos de petróleo. Su mujer, Catalina Arbona –americana de ascendencia sollerica– traducía los informes al inglés.

A mediados de los años 40, Colom recuperó su interés por la entomología abordada desde sus conocimientos en geología. Los fósiles microscópicos le permitieron reconstruir la evolución de Baleares a lo largo de millones de años. En 1975 publicó Geología de Mallorca, la primera obra completa sobre el origen de las Islas.

Mientras, la Vall de les Taronges permanecía ajena al éxito de su paisano. "Cuando en el extranjero ya me conocían, aquí nadie sabía a qué me dedicaba", reconocía en un documental años antes de su muerte. Su nombramiento como miembro de la Academia de las Ciencias de Madrid "cayó como una bomba en Sóller y entonces se destapó todo", continuaba.

Mientras en el extranjero codiciaban sus colecciones, Colom –como ocurrió con el puesto de trabajo de una empresa americana– rechazó la oferta para dejar su legado con 20.000 preparaciones de micropaleontología al entonces proyectado Museo Balear de Ciencias Naturales.

En 1992 Guillem Colom asistía emocionado y orgulloso a la inauguración del centro. "El día que le nombraron Hijo Ilustre de Sóller todavía había algún médico que decía 'mira, a Colom que no tiene ningún título se lo dan, y a mí que soy médico, nada'", rememora el profesor Mateu. Pero el museo –que consiguió los primeros apoyos y ayudas en su nombre– era el símbolo de la victoria. Los "locos" estudiosos, como a él le habían llamado, habían ganado la batalla.

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Elena Soto: 'Ciberguardias' de la naturaleza salvaje

jueves, 3 de diciembre de 2009

El obispo de la Ilustración (Pere Joan Campins)

Laura Jurado | Palma martes 01/12/2009

La Historia nunca avanza igual para todos. Mientras la Revolución Francesa ponía el acento en la fuerza del pueblo, la Iglesia iba quedando cada vez más aislada. Hacía siglos que había perdido el tren de la modernidad y la conexión con su contexto real. Una distancia que el obispo Campins intentó acortar en apenas unos años.

Pere Joan Campins pasó toda su vida vinculado a la Iglesia: con apenas 11 años entró en el Seminario y, con sólo 25, fue consagrado sacerdote. Se había licenciado, además, en Teología y Derecho Canónico en Toledo, uno de los centros con más prestigio de la época.

Su trayectoria y su personalidad le convirtieron en uno de los personajes más queridos en la Iglesia mallorquina. A la muerte del obispo Jacint Maria Servera, todos los rectores de la Isla firmaron un documento en el que pedían que Campins –por entonces vicario capitular– fuera designado como nuevo obispo. "Costa i Llobera fue uno de los que más intervino en el proceso, ya que era muy influyente. Su amistad con monseñor Guerri era un hilo directo con el Vaticano", explica el director de la Biblioteca Diocesana, Gabriel Seguí. El nombramiento se hizo efectivo en 1898.

A su llegada, el obispo Campins se encontró con una institución desconectada de la Historia y la modernidad y muy alejada del pueblo. "El siglo XIX fue muy difícil para la Iglesia y él tenía conciencia de eso. Su objetivo fue restaurarla en una época llena de liberalismo", afirma Seguí. De puertas afuera promovió la rehabilitación y construcción de templos que la hicieran visible para el pueblo. Una de las más polémicas fue la reforma de la Seu en 1905 encargada a Gaudí.

De puertas adentro, el obispo tardó apenas tres meses en presentar un proyecto de renovación diocesana que incluía un nuevo plan de estudios para el Seminario. "Quería crear un grupo de clérigos que pudieran hacer un buen papel en la crisis de la Iglesia y, en lugar de hacerlo por la vía política, optó por la intelectual. Su objetivo era crear una Universidad Eclesiástica independiente de la de Valencia", explica el director. Campins se rodeó de un importante grupo de colaboradores que hicieron posible la introducción de asignaturas científicas. Antoni Canals era profesor de Aritmética, Álgebra, Trigonometría y Contabilidad. Ildelfonso Rullán se encargaba de la Física, la Química y la Historia Natural.

En 1899 el obispo creó los certámenes científico-literarios del Seminario: concursos de trabajos académicos con los que los seminaristas se iniciaban en la investigación científica. Con el edicto Specola astronomica in Seminario Campins dio un paso más. Había escrito al Prepósito Provincial para la creación de un observatorio astronómico. Una comisión científica se encargó de su desarrollo y Canals fue nombrado director del mismo.

El obispado de Campins coincidió con el papado de León XIII, gran impulsor de las Ciencias Naturales, especialmente de la Astronomía. Hacía años que el Vaticano contaba ya con su propio observatorio. Sin embargo, la fundación de uno en Mallorca coincidió con la muerte de dicho Papa y la llegada de Pío X, que gobernó con mano firme y se opuso a las ideas reformistas.

Por tolerancia o aislamiento, Campins consiguió seguir adelante con su proyecto. En 1905 el observatorio tuvo uno de sus momentos más importantes con el eclipse total que tuvo en la Isla una de las mejores zonas de visibilidad y que atrajo a científicos de todo el mundo. El Boletín Oficial del Obispado publicó una extensa crónica de las observaciones.

El obispo Campins fue también el fundador del Archivo y el Museo Diocesano."Se podía visitar y él lo convirtió en un centro de interpretación que organizaba conferencias culturales", relata Gabriel Seguí. Fue además la primera entidad museográfica de Mallorca preocupada por la destrucción y la expropiación del patrimonio. Consiguió, por ejemplo, que los bienes del Santuario de Lluc –incautados por el Estado– volvieran a la Iglesia. Hoy el museo aún conserva un apartado dedicado a las Ciencias.

Su reformismo chocó con el sector más conservador de la Iglesia. Sin embargo, el tener a Mossèn Alcover como mano derecha –"casi un integrista"– consiguió suavizar las posturas. Su verdadero 'enemigo' estaba fuera de su alcance. A su muerte le siguió el obispo Domenech que desmontó todo lo que Campins había conseguido. "Lo primero fue el plan de estudios del Seminario. Aquella idea de crear una Universidad desapareció".

"Campins no ha tenido aún el reconocimiento y el estudio que se merece. Su figura ha quedado como un mito tanto para la Iglesia como fuera de ella", concluye Seguí. La Ilustración que tanto temía se convirtió en su arma principal para conectar con el mundo.

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Elena Soto: Exploradores robóticos del medio marino

martes, 24 de noviembre de 2009

El médico de la metrópoli (Lorenzo Campins)

Laura Jurado | Palma martes 24/11/2009

farmacia

El Virreinato de Nueva Granada era parte del imperio español, pero lo que ocurría en las provincias de ultramar era algo desconocido para la mayoría de españoles. Cuando Lorenzo Campins decidió dar el salto a Venezuela, no sabía que iba a encontrar un erial científico en el que convertirse en un pionero de la medicina.

Nació en Palma en 1726 en el seno de una familia humilde pero siempre soñó con ser médico. En la Universidad Luliana de Mallorca se convirtió en licenciado y Maestro en Artes, título que le permitía acceder a los estudios médicos que luego desarrolló en la Real y Pontificia Universidad de Gandía donde se doctoró. Regresó a la Isla para que reconocieran su título pero apenas ejerció aquí.

"Mallorca pasaba por una época terrorífica:guerras, epidemias... Pronto decidió viajar a Cádiz, que era el salvoconducto para trasladarse a América", explica el cirujano de la Clínica Juaneda, Carlos Marín, autor de la tesis El Doctor donde Lorenzo Campins y Ballester en el contexto de los estudios médicos en Nueva Granada. El mallorquín apenas tardó un año en dar el salto a Venezuela.

La ciudad de Santiago de León de Caracas que recibió a Campins en 1762 seguramente distaba mucho de lo que esperaba encontrar. Una ciudad de 30.000 habitantes con una inmensa mayoría analfabeta, un predominio de las enfermedades infecciosas y sin ninguna supervisión de la profesión médica. El mallorquín tenía todas las papeletas para convertirse en un pionero.

La práctica médica estaba dominada por un profundo curanderismo. Se separaban, además, las actividades del médico de las del cirujano. Los segundos, eran barberos de origen indígena que, bajo la supervisión de un médico, realizaban las cirugías. "Campins no estaba especializado en ninguna rama médica. En aquel momento sólo Italia, Francia y Alemania tenían algunos doctores especializados en la disección de cadáveres, pero no en áreas", afirma Marín.

El médico mallorquín adquirió un doble papel público y privado. En su consulta privada llegaba a ingresar a sus pacientes en su propia casa durante el tratamiento cuidando incluso de su alimentación. Desde 1772 se convirtió en médico de los tres únicos hospitales que existían en Caracas en la época: San Pablo, Nuestra Señora de la Caridad y San Lázaro. "Fue un hombre innovador pero su medicina era arcaica. La Ilustración aún no había llegado a España y la profesión tenía siglos de retraso con respecto al resto de Europa", asegura el cirujano.

La Real y Pontificia Universidad de Caracas tenía ya cuatro décadas de historia pero, como el modelo de las universidades europeas medievales, no contaba con estudios médicos. Lorenzo Campins se ofreció para dar un curso de Medicina gratuito, pero durante años estos cursos fracasaron mientras el curanderismo seguía proliferando. En su primer año sólo tuvo cuatro alumnos y, pese a que las clases eran gratuitas, la Universidad le exigió que diera una fianza por si incumplía la obligación contraída.

En 1763 el monarca español, Carlos III, le dio los permisos para la creación de una cátedra de Medicina. Durante más de veinte años dictó clases y en 1775 Francisco Xavier de Molina se convirtió en el primer médico titulado en una universidad venezolana.

"Pese a que los indígenas no lo supieran, sus técnicas médicas tenían una base científica. Incluso tenían remedios naturales más avanzados que la medicina de Campins. Él, por ejemplo, seguía usando las sanguijuelas para los sangrados", afirma Carlos Marín. El mallorquín consiguió institucionalizar la supervisión del ejercicio médico al lograr que la monarquía española decretara el establecimiento del Protomedicato de Caracas. Durante ocho años administró el Tribunal y le dio batalla al curanderismo libre. Una cédula de Carlos III le nombró protomédico interino de la provincia de Venezuela.

Dada la escasez de personal médico, Lorenzo Campins ostentó prácticamente todos los cargos de la época. Su acción en Venezuela se desarrolló durante veintiún años. "Su labor fue muy relevante porque inculcó los avances para la medicina. Instauró una independencia pragmática en la colonia con la introducción de la ciencia. Era un paso para empezar a valerse por sí mismos y no depender de la superioridad de la metrópoli", opina el cirujano.

Su vida y su carrera se convirtieron en la lucha por la profesionalización de la medicina hasta que una grave enfermedad mental acabó con su vida en 1783. Quedaban aún otros tantos años para que Venezuela proclamara, en 1811, su independencia. Hoy, el auditorio del Hospital Clínico Universitario de Caracas lleva el nombre de Lorenzo Campins.

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Elena Soto: El 'software', la cobaya virtual

miércoles, 18 de noviembre de 2009

La rebelión de las hilanderas (Can Ventosa, Ibiza)

Laura Jurado | Palma martes 17/11/2009

fábrica hilados
Sala con máquinas en Can Ventosa. | Colleción familia Valls Ventosa

El currículum laboral de las mujeres ibicencas se escribió, durante muchos siglos, de puertas adentro. En la rutina de las tareas domésticas y en la costura a comisión. Can Ventosa fue su salida a la luz y el traslado de los avances de la industria textil a la capital pitiusa.

Ni la industria naval ni la salinera abrieron sus puertas a la mano de obra femenina. La textil fue la primera en centrar el trabajo de las mujeres entrando en las casas a través de los comisionistas. Cobraban por coser en sus propios hogares de manera que era fácil de compaginar con las tareas domésticas.

En 1876 la situación comenzó a cambiar. Uno de aquellos comisionistas, el empresario catalán Pere Ventosa, creó un pequeño taller en la carretera de Sant Joan. En pocos años, la fábrica ya contaba con 50 operarias; pero fue con la inauguración de la nueva sede en el eixample de Eivissa en 1925 cuando empezó la verdadera historia de Can Ventosa. «Fue un núcleo fundamental del trabajo de la mujer en el siglo XX en las Islas», afirma la consellera insular de Política Patrimonial y Agrícola de Ibiza, Margalida Torres, autora del artículo La dona en la indústria eivissenca.

La fábrica supuso la llegada a Ibiza de las primeras máquinas de hacer medias y calcetines que se introdujeron en España, actividad en la que se especializó la empresa. Se trasladaban desde Barcelona y el montaje correspondía al ingeniero Xavier Valls cuando la casa ya se llamaba Hijos de Ventosa. La plantilla, que llegó a tener 115 obreras, trabajaba en turnos de ocho horas en las diferentes secciones: tricotar, montar, cortar, coser y comprobar.

También había hombres, pero menos. A ellos les correspondía el mantenimiento de las máquinas, los automóviles, la oficina y la dirección de la fábrica. Mientras que la familia Ventosa vivía en la isla sólo por temporadas, el también catalán Manuel Buson era quien ejercía como director. En 1935, la fábrica se convertía en un filial de Fabra i Coats, surgida de la fusión de un grupo textil inglés con la catalana Fabra i Portabella.

Can Ventosa se convirtió, junto a las salinas y el puerto, en uno de los núcleos comerciales e industriales más importantes de Ibiza. «Para las mujeres el paso a la fábrica supuso el reconocimiento de los derechos laborales. Fue sede, además, del primer movimiento sindical femenino de la Isla», explica la consellera. En marzo de 1936 surgía la Unión Obrera Femenina que agrupaba a las trabajadoras de la Calcetería Hispánica Can Ventosa.

El 13 de julio se declaraban en huelga esperando que la patronal aceptase sus condiciones. «Era un momento muy delicado porque incluso repartieron panfletos el 18», día del alzamiento militar. La fundadora del movimiento sindical, Margalida Roig, pasó 12 años en prisión –y otros tantos de reclusión domiciliaria– por organizar a las obreras de la fábrica.

«Can Ventosa fue durante mucho tiempo la única industria textil en Ibiza y, aunque surgieron otras, ninguna tuvo tanta envergadura. La movilización por los puestos de trabajo consiguió detener el primer intento de cierre», relata Margalida Torres. En realidad, fue sólo un retraso hasta que dos años después, en 1956, el centro cerraba sus puertas. La maquinaria fue trasladada a la sede que Fabra i Coats tenía en Mallorca y, aunque se ofreció a los trabajadores su reubicación, sólo uno de ellos aceptó.

Casi medio siglo después –tras reformas, nuevos usos e incluso ser propiedad del Ministerio de Defensa– Can Ventosa volvió a abrir sus puertas al público en 1995 esta vez como centro cultural.

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Elena Soto: Más comida con menos agua

martes, 10 de noviembre de 2009

El 'broker' del alga menorquina (Rodríguez Femenías)

Laura Jurado | Palma lunes 09/11/2009

Rodríguez Femenías
Rodríguez Femenias de expedición | J. M. Rosas

Qué movió a Joan J. Rodríguez Femenias a fijar su atención en los fondos marinos sigue siendo casi un misterio. Tal vez él, empresario terrestre, vio en las estepas abisales un oasis libre de explotación. O quizá se preguntara qué eran aquellas plantas viscosas que le rascaban las piernas cuando nadaba en la playa. Una inversión de aficionado que brilló por encima de cualquiera de sus negocios.

Nació en Mahón hijo de un próspero comerciante pero no tuvo más estudios que la escuela primaria. Sin embargo, probablemente fue aquella procedencia la que le permitió iniciarse en el mundo de los negocios poco antes de hacer el que sería el descubrimiento de su vida: la botánica. "Fue con la visita a Menorca de Colombiers, un inspector de correos francés que llegó en la época de los ensayos telegráficos entre Mahón y Argel. Era un naturalista aficionado y contagió al menorquín", explica el historiador Josep Miquel Vidal.

Pronto la botánica fue un campo demasiado amplio y Rodríguez Femenias buscó refugio en la algología en la que se formó de manera autodidacta y con la correspondencia con una veintena de algólogos con Bornet y Grunow como maestros. En aquel momento era un campo de la ciencia prácticamente desconocido "y con muy pocos estudios en el Mediterráneo occidental" que hizo del menorquín un pionero y referente más allá de España. No fue hasta finales del siglo XIX cuando la algología experimentó un gran desarrollo en todo el país.

Llevaba ya algunos años recogiendo material y pronto su herbario de algas hoy en el Ateneo de Mahón alcanzó las 3.000 especies. Entre ellas, endemismos que él mismo había descubierto como la Laminaria rodriguezii. En lo teórico, seis publicaciones recogieron sus avances en los que destacan Algas de Baleares, raíz de la algología posterior del Levante peninsular. Su proyecto de realizar un catálogo nacional de algas no consiguió apoyo para salir adelante.

Lejos del mar, analizó la flora menorquina y obras como Flòrula de Menorca fue una referencia básica que prácticamente no se ha actualizado hasta el siglo XXI. Recorrió los barrancos de Algendar, el de Trebaluger y el Pas den Ravull rescatando plantas endémicas. Su Catálogo de los musgos de las Baleares (1875) marcó también un referente en el estudio de los briófitos que identificó gracias a la ayuda del alemán Hegel. Los reconocimientos no tardaron en llegar: en 1866 se convertía en el primer miembro español de la Societé Botanique de France y poco después en socio numerario de la Sociedad Española de Historia Natural.

Mientras seguían publicándose sus obras, Joan J. Rodríguez Femenias abandonó en cierto modo la investigación para desarrollar iniciativas de mayor envergadura. Con el oceanógrafo Odón de Buen proyectó la creación de un centro de estudios de biología marina en el puerto de Mahón. Pero la falta de apoyo acabó por hacerlo realidad en Mallorca. "El problema fue fundamentalmente económico. Las autoridades locales estaban a favor, pero no querían gastar en eso y menos en una isla tan pequeña como Menorca", afirma Vidal.

En la década de los 80 el menorquín se centró en actividades municipales: entre 1883 y 1885 fue alcalde de Mahón, en 1882 fundó con su suegro el Banco de Mahón –el primer banco autónomo de la isla del que fue administrador hasta su muerte– e instaló una fábrica de gas para alumbrado. El proyecto del Ateneo Cultural llevaría también su nombre entre los fundadores intelectuales, aunque murió antes de verlo hecho realidad.

En Menorca siempre fue, y es, mucho más conocido por su faceta como botánico. Como alcalde sus medidas progresistas causaron mucha polémica. Por otro lado, el Banco de Mahón acabó muy mal tras su muerte y, aunque él no tuviera la culpa, desprestigió también su figura.

Entre tensiones urbanísticas y políticas y ya prácticamente sin contacto con el mar, Joan J. Rodríguez Femenias murió en 1905 en Toulouse cuando se había trasladado a la ciudad francesa para pasar una temporada en un balneario en busca de remedio para su salud. Hacía quizá demasiado tiempo que se había convertido en un animal administrativo y terrestre.

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Elena Soto: El guardián del espacio exterior

martes, 3 de noviembre de 2009

La Greta Garbo de los cielos

Laura Jurado | Palma lunes 02/11/2009

Jean Batten
Batten en su juventud | Alberto Vera

Durante años, Jean Batten fue una de las mujeres más conocidas en todo el mundo. Pasó media vida en los cielos entre proezas aéreas que acapararon portadas. Sin embargo su éxito volátil la desterró de la palestra para vivir en un ostracismo de anonimato en el que falleció en Palma.

Acaba el día de Todos los Santos y los cementerios amanecen repletos de flores. En el de Palma, una tumba sigue sin ser visitada. Una placa de metal con un rostro femenino con gorro de aviador –flanqueado por estrellas y aviones en formación– es el único recuerdo del paso de Jean Batten por Mallorca. Un pequeño homenaje restaurado en 2006 después de que la aviadora, en pleno anonimato, fuera enterrada en una fosa común.

Batten nació en Rotorua (Nueva Zelanda) en 1909. Antes incluso de su nacimiento, Jean parecía presdestinada a la aviación. Sobre su cuna su madre había colgado la noticia del primer piloto que había cruzado el Canal de la Mancha apenas unas semanas atrás: el francés Louis Bleriot. Ya de niña, Ellen –su madre y una feminista acérrima– le inculcó la idea de que para triunfar en el mundo debía competir con los hombres en actividades tradicionalmente masculinas. Y en aquel momento nada era tan desafiante como la aviación.

Jean estudió secretariado, ballet y música y soñaba con convertirse en concertista de piano. Sin embargo los éxitos de Charles Lindbergh y una visita a Australia del también aviador Kingsford-Smith –en la que la joven pudo dar una vuelta en su avión– bastaron para convencerla de que su futuro era convertirse en piloto. Pese a que su padre no lo aprobaba fue fácil convencer a su madre para trasladarse juntas a Londres, uno de los principales centros de aviación de la época.

En 1932 obtenía la licencia de vuelo privado en el Club Aeroplano de Londres. Superada la parte teórica, quedaba la logística y es que no tenía el dinero suficiente para obtener el permiso de vuelo comercial y mucho menos para comprar un avión. Ella buscaba un espónsor pero rentabilizó su condición de fémina –que le valió el apodo de La Garbo de los cielos– con dos relaciones sentimentales. La primera con el piloto neozelandés Fred Truman –quien le costeó la licencia– y la segunda con el inglés Victor Doree, que le compró su primera avioneta. Una Gipsy Moth que acabó siniestro total en un accidente en Pakistan.

Con la Castrol Oil como patrocinadora, comenzaron los éxitos de Batten. En 1934 batió por cuatro días el récord femenino de Amy Johnson al cruzar de Inglaterra a Australia en catorce días y 22 horas y tras dos intentos fallidos. Un año después fue la primera mujer en volar sobre el Atlántico Sur hasta Brasil con un récord de velocidad. "Si me caigo y desaparezco en el mar, no quiero que nadie venga a buscarme. No tengo la más mínima intención de poner en peligro la vida de los demás", advertía antes de sus despegues.

Los galardones empezaron a sucederse: el Harmon Traphy, fue nombrada Comandante del Imperio Británico y, en 1938, se convirtió en la primera mujer en recibir la medalla de la Federación Internacional de Aeronáutica, el mayor honor de la aviación.

El estallido de la Segunda Guerra Mundial fue el final de sus aventuras aéreas. Jean tampoco pudo encontrar un empleo y acabó por retirarse de la vida pública. Finalizada la contienda, vivió con su madre en diferentes localizaciones alrededor del mundo hasta la muerte de ésta.

En los años 60 llegó a Palma buscando un nuevo hogar y fijó su residencia en unos apartamentos de Porto Pi. En 1979 escribía su autobiografía, Alone in the sky consumida entre el anonimato y el aislamiento en el que moriría tres años después. Su negación a tratar la infección de una herida provocada por la mordedura de un perro acabó con su vida.

El mundo había perdido su pista hacía tiempo y, sin nadie que la reclamara, fue enterrada en una fosa común. Fue la historiadora neozelandesa Ian Mackersey quien la localizó años después. En Palma se arregló su tumba con una placa de reconocimiento y se puso su nombre a una calle. En su país, bautizó la terminal internacional de Auckland donde, en su honor, siguen despegando los aviones.

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Elena Soto: Una amenaza en miniatura

martes, 27 de octubre de 2009

El hombre cinematográfico (Josep Truyol)

Laura Jurado | Palma lunes 26/10/2009

Josep Truyol
Una escena de 'De Palma a Soller'

Salvo menciones concretas, nadie recuerda en Mallorca la historia de nuestro primer cineasta. Antes que Rafa Cortés, Toni Aloy o Agustí Villaronga hubo un palmesano que se convirtió en un auténtico ilusionista de la imagen. Un hombre que transformó su frustración como exhibidor en la musa de sus propias películas.

«Para retratos buenos y baratos, vaya a Truyol que los hace artísticos y con la cara alegre». Así anunciaba Josep Truyol su estudio de la calle Conquistador. Barcelona le acercó profesionalmente a la fotografía con su imparable curiosidad por las innovaciones técnicas. En su local creado hacia 1887 se convirtió en uno de los fotógrafos más conocidos de Palma y en el retratista de los acontecimientos históricos y sociales que se produjeron en la Isla.

Su interés por los avances técnicos le llevó junto al apotecario solleric Jaume Torrents a la Exposición Internacional de París en 1900. Allí descubrió el cine y decidió abrir un cinematógrafo a su regreso a la Isla. "El paso de la fotografía al cine era muy sencillo porque los lazos son muy fuertes. En Mallorca ya había habido proyecciones pero las que Truyol vio en París debieron de ser mucho más espectaculares", explica la licenciada en Historia del Arte y profesora asociada de la UIB, Catalina Aguiló.

Tres años más tarde, el mallorquín materializó su ilusión en el Cinematógrafo Truyol en S'Hort del Rei. "En 1899 ya había existido un pabellón de madera donde se proyectaban películas. Sin embargo el de Truyol fue el primer local dedicado exclusivamente al cine: ni ambulante ni con proyecciones ocasionales como los únicos que había hasta entonces", afirma Aguiló.

En el local cabían entre 500 y 600 personas con localidades que se dividían entre las de preferencia, a 15 céntimos, y las de público a 5. La programación se concretó en dos proyecciones diarias: la del vermut a las cuatro de la tarde y otra a las seis.

Sus propias fotografías eran lo primero que se proyectaba como vistas fijas. En la segunda parte llegaban las películas de las casas Pathé y Gaumont y luego los films americanos. "Aquellas primeras cintas se tenían que adquirir en propiedad porque aún no existía el sistema de alquiler. Eso hizo que muchos locales proyectaran siempre las mismas películas. Sin embargo Truyol se preocupó mucho por la renovación del repertorio", detalla la profesora. Los juegos de agua del Palacio de Versalles y las ferias y fiestas de Palma protagonizaron algunas proyecciones.

Josep Truyol buscaba siempre el mayor realismo y por eso acompañaba las películas con los efectos sonoros de una gramola. Conocida y polémica fue la proyección de un film científico, una cirugía, a la que invitó a la clase médica de la ciudad. El público no profesional abandonó la sala impresionado.

El comienzo de las sesiones continuas de cine en el vecino Teatro Lírico y el precio inferior de las localidades provocó la ruina y el cierre del Cinematógrafo Truyol en 1910.

El golpe que le supuso aquella clausura fue el inicio de la carrera cinematográfica de Truyol. Con su cámara y su gigantesco trípode recorrió toda la Isla para captar escenarios naturales y acontecimientos sociales en los que ya utilizaba el trucaje. "Jugaba con la doble exposición, multiplicaba la imagen y hacía que la película avanzara atrás y adelante. Eran trucos que heredó de la fotografía", explica Aguiló.

"Un familiar que había emigrado a Sudamérica le ilusionó con la idea de que sus películas pudieran exhibirse en Madrid y también en el extranjero. A la hora de la verdad no fue así", relata la profesora. Esta frustración se sumó a los problemas económicos que arrastraba desde el cinematógrafo. Truyol acabó por quemar todas las películas que había realizado, causa de que hoy quede tan poco de su producción. La única conservada y fechada es De Palma al puerto de Sóller (1913) donde filmó la llegada del tranvía al pueblo antes de su inauguración oficial. Para la simultaneidad de imágenes, por ejemplo, se tapaba la mitad del objetivo, se filmaba, luego se tapaba la otra mitad y se volvía a filmar.

Decepción tras decepción, Truyol pasó por todos los campos de la industria cinematográfica: productor, operador, empresario, director... Sus últimas cintas datan de 1919 mientras que su trabajo como fotógrafo continuó hasta finales de los 40. Se consumió entre el retrato de escenas familiares y sin ver su nombre escrito con neones.

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Elena Soto: Llega la era de la automatización

martes, 20 de octubre de 2009

Un ‘best seller’ manuscrito

Laura Jurado | Palma lunes 19/10/2009

Binimelis soñaba con ser como Larsson. Un aclamado literato que acaparara portadas y cuya obra estrella -Historia de Mallorca– se convirtiera en un best seller citado en los discursos de l’Estendard. Pero su sueño se evaporó en esos mismos tres volúmenes manuscritos.

Joan Baptista Binimelis nació en Manacor en 1538. En las primeras décadas de su vida su formación y sus inquietudes le convirtieron en el mejor representante del Renacimiento tardío: se interesó por la geografía, la literatura, la astrología... Con apenas quince años se marchó a Valencia a estudiar Medicina, por aquel entonces una de las universidades más prósperas de la Corona de Aragón. A su regreso a Mallorca para ejercer, comenzó también la carrera eclesiástica. «Se sabe poco sobre su familia, pero los datos apuntan a que era modesta, así que tal vez Binimelis vio en la Iglesia una solución a su situación económica», apunta el profesor del Departamento de Filología Catalana de la Universitat de Barcelona, Antoni Moll.

El manacorí se ordenó sacerdote y, con la llegada del obispo Joan Vic Manrique, consiguió protección y meceznago de la mitra. El obispo intercedió años más tarde ante los jurados de la ciudad y el reino –una institución similar al Ayuntamiento pero con poder sobre toda la Isla– para que encargaran a Binimelis la redacción de la primera Historia del reino de Mallorca desde la llegada de Jaume I. "Él mencina este encargo en la obar pero no se han podido encontrar datos que lo confirmen, algo extraño tratándose supuestamente de una petición oficial", explica Moll.

La falta de información hace imposible saber cuándo comenzó exactamente el trabajo de la Historia. Binimelis tomó como fuentes las Historias de Beuter, Ocampo y Morales. Por otro lado, notadas tomadas durante años, dibujos con mapas, transcripciones de lápidas, etc. Incorporó también el valor de la experiencia para desmentir tópicos y recorrió municipio por municipio para contar las Germanies. "Un intento de corrección a partir de datos empíricos. Un germen positivista de comprobación documental y real", añade el profesor.

En 1595 Joan Binimelis acabó Historia de Mallorca, una obra monumental que abarca desde la Creación hasta el reinado de Felipe III. Algunos años después –entre 1597 y 1601– él mismo la traducía al castellano esperando favorecer su impresión. Su imaginación empezó entonces a construir una versión particular del cuento de la lechera. Soñó que los jurados pedirían que la obra se llevara a imprenta, que se la utilizaría para el discurso de l’Estendard... Pero nunca fue publicada.

A aquella Historia de Mallorca se la acusaba de falta de modernidad ya que relataba como hechos históricos capítulos mitológicos como la historia de Noé. "Era algo habitual en la época. Se trataba de demostrar erudición y también que la propia patria era mucho más interesante. Para ello se aprovechaban hechos bíblicos vinculándolos con Mallorca", explica Antoni Moll.

¿Bastó esa falta de modernidad para evitar su publicación? "No se sabe muy bien cuál era el objetivo de los jurados con aquella obra. Binimelis muestra en el libro cierto descontento con ellos. El hecho de que no se imprimiera es una señal de que o bien no les gustó el resultado o hubo un problema económico", añade el profesor. Un suceso oscuro en la vida de Joan Binimelis supone una tercera posibilidad.

En 1978 Llorenç Pérez descubría que el historiador fue procesado por la Inquisición por hacer tocamientos a una monja de un convento al que acudía para confesar. Como rememora el propio Moll en su artículo Joan Binimelis i la Historia de Mallorca, en primera instancia el manacorí negó los hechos pero acabó por reconocerlos no se sabe bajo qué presión. Un hecho que pudo suponer un descrédito para el autor y que podría explicar la mala difusión del texto. Sin embargo el profesor apunta que no se sabe si el hecho se hizo público en su momento. Conociendo o desconociendo la explicación, Binimelis falleció sin ver sus textos publicados. La primera edición del texto en castellano apareció en 1927. El éxito prometido se consumió entre los volúmenes de un best seller manuscrito.

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Elena Soto: Turismo a la carta en Internet
Elena Soto: Tecnología marina Un chaleco para mimetizarse y disfrutar del entorno marino

martes, 13 de octubre de 2009

El espía geodesta de Napoleón (François Aragó)

Laura Jurado | Palma martes 13/10/2009

Si la suerte radica en estar en el lugar adecuado en el momento oportuno, podríamos decir que François Aragó fue –para lo bueno y para lo malo– un experto en el fenómeno. Un suertudo que con apenas veinte años llegó a Baleares para acabar las mediciones del meridiano de París. La mala fortuna hizo que sólo un año después le pillara allí el levantamiento contra las tropas napoleónicas.

François Aragó nació en Estagel, una pequeña población cercana a Perpiñán. Su sueño de infancia fue siempre estudiar en la Escuela Politécnica de París, pero una vez dentro, se dio cuenta de que aquella formación le quedaba corta. Con sólo 18 años su talento y una recomendación le permitieron convertirse en secretario del Observatorio de París. Allí le llegó su primera casualidad.

La muerte de Pierre Méchain había interrumpido el proyecto de medición del meridiano de París, aún quedaba pendiente la prolongación hasta Baleares.

Su cargo le hizo ser incluido junto a Jean Baptiste Biot en el grupo que completaría el proyecto y permitiría obtener un mayor conocimiento sobre la figura de la Tierra. «Ninguno de los dos tenía experiencia en la técnica de la triangulación geodésica, pero consiguieron convertirse en expertos en el manejo del círculo repetidor de Borda, el instrumento que utilizaban los geodestas de la época», afirma la investigadora y autora de François Arago y Mallorca: la prolongación del meridiano de París a las Baleares 1803-1808, Elena Ortega.

En marzo de 1807 los dos científicos llegaban a Ibiza donde crearon la estación geodésica de Campvey. Desde allí efectuarían las observaciones entre el Desierto de las Palmas en Castellón, la isla y el Montgó, cerca de Denia. Habían modificado en parte el proyecto de Méchain pero, ¿cuál era exactamente su trabajo? «Se basaban en la triangulación. La distancia a medir se dividía en triángulos aéreos y se calculaban sus lados y ángulos. Con el círculo repetidor en uno de los vértices se tiraban visuales hacia dos puntos determinados», explica Ortega.

Estas distancias podían superar los 150 kilómetros y las mediciones se hacían de noche con lámparas y grandes espejos. A veces tenían que esperar durante semanas hasta recibir la señal.

Ibiza iba a ser el punto más meridional del proyecto, pero Biot y Aragó se trasladaron a Formentera para configurar el extremo sur del meridiano. Por aquel entonces era inviable continuar la misión hasta las costas africanas. El llano de La Mola fue el escenario para su nueva estación con las consiguientes dificultades para trasladar todo su material desde el puerto de La Savina.

En 1808 Biot regresaba a París. Aún quedaba el último triángulo del proyecto que requería trasladarse a Mallorca para acabar su medición, pero ése sería cosa de François Aragó. En el mes de mayo llegaba a la Isla para instalarse en la cima de la mola de S’Esclop, cerca del Puig de Galatzó. Allí aún hoy una barraca de piedra recuerda su estancia.

Apenas quince días después llegaron a Mallorca las noticias del levantamiento de la Península contra las tropas napoleónicas. Contagiados, los mallorquines se acordaron de aquel francés de S’Esclop que movía extrañas luces. Sin duda era un espía de Napoleón. Comenzó entonces la persecución de Aragó y, aunque estuvo a punto de escapar camuflándose como un payés más, terminó por pedir que le encerraran en los calabozos del castillo de Bellver hasta que se calmaran las aguas. A finales de julio abandonó su encierro para regresar a Francia. Sin embargo su viaje de apenas unas semanas se convirtió en una odisea de tres meses.

Aragó consiguió preservar todos los resultados de sus investigaciones y los depositó en el Bureau des Longitudes de París. Como recomensa, fue elegido miembro de la Academia Francesa de las Ciencias con sólo 23 años y astronómo del Observatorio Real de París. Los resultados de sus observaciones en España fueron publicados en 1821. «Su trabajo fue de una exactitud extraordinaria. Sus cálculos confirmaron el valor admitido unos años antes para el metro, que ya por entonces estaba instituido como la unidad de medida de longitud», asegura la investigadora.

En los años que siguieron hasta su muerte, François Aragó siempre siguió implicado en la ciencia: investigó la velocidad del sonido, descubrió el magnetismo rotatorio, desarrolló los sistemas de ferrocarriles y telégrafos eléctricos y apadrinó la aparición del daguerrotipo. Quizá alguno de los grafitos históricos de Bellver contenga parte de aquellas futuras inquietudes.

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Elena Soto: Factoría de robots en el ParcBit

martes, 29 de septiembre de 2009

La sala de los locos

Laura Jurado | Palma martes 29/09/2009

psquiátrico
Entre los festejos celebrados por su boda, el rey Alfonso XIII colocó la primera piedra del Manicomio Provincial. Para algunos, fue el fin definitivo del Camino de Jesús como el punto de reunión de la sociedad palmesana tras la construcción del cementerio. Para la ciencia, fue el punto final a las Salas de Locos y el inicio de la psiquiatría aplicada en Mallorca.

En 1408 la sociedad de los Inocentes fundaba el primer hospital para locos en nuestro país. España lideraba por entonces la asistencia psiquiátrica: mientras en otras naciones eran perseguidos aquí se sucedían los centros para su internamiento. «Este avance se explica porque los árabes ya tenían un cuidado especial por estos enfermos y España fue el último país europeo en contacto con su cultura», explica el actual director del Hospital Psiquiátrico de Baleares, César Azpeleta.

Mallorca tardó algo más en iniciar la asistencia psiquiátrica. El Hospital General inauguraba en 1456 una Sala de Locos que, como recuerda Azpeleta, servía para la «reclusión donde aún se utilizaban las cadenas». Más tarde se crearon espacios separados para hombres y mujeres pero las instalaciones, sin apenas mejoras, seguían siendo bochornosas. Esta situación y el continuo aumento del número de enfermos, despertaron la necesidad de la construcción de un manicomio.

En los cuatro siglos que tardó en darse respuesta al problema, las mejoras –como la abolición del castigo físico en 1871– crecieron mucho más despacio que las penurias. En 1879 se acordaba la construcción del manicomio. El centro se ubicaría en los terrenos del antiguo convento de Jesús cerrado casi medio siglo antes.

Como un acto más en los festejos por su matrimonio, Alfonso XIII colocaba en 1906 la primera piedra del edificio. Las dificultades económicas obligaron a retrasar las obras y en 1911 comenzó el traslado de los primeros pacientes hasta completarlo nueve años después.

El nuevo manicomio –nombre con el que fue conocido hasta 1937– mejoraba y ampliaba las instalaciones pero el centro tardó aún muchos años en salir del lado oscuro de la psiquiatría: los enfermos más peligrosos fueron recluidos en jaulas en las que se les cambiaba la paja cada día y proliferaban prácticas como la lobotomía o el electroshock. «Son técnicas que aún se mantienen pero la lobotomía pasó de realizarse con martillo y bisturí al láser. El electroshock ahora se aplica con anestesia. Fueron la única forma de tratamiento hasta la aparición de los primeros medicamentos en los años 50, pero podían provocar muchas más lesiones», detalla Azpeleta.

Jaume Escalas, primer director del manicomio, fue también el padre español de la laborterapia. La base científica habla del aprovechamiento de las energías útiles de los enfermos en una colonia agrícola que evitaba que estuvieran ociosos y frenaba las tendencias patológicas. La importancia que daba al rendimiento económico hizo que los médicos más jóvenes la conocieran como «explototerapia».

«Hasta 1931 cualquier autoridad podía ordenar un ingreso. Después, Escalas promovió la instauración de una inspección cada seis meses que realmente nunca se llevó a la práctica», asegura su sucesor. Al manicomio llegaban quienes habían intentado suicidarse, alcohólicos y niños y ancianos con el mínimo indicio de demencia ante la falta de hogares para la infancia y la tercera edad. El número de enfermos llegó a alcanzar los 900.

La atención psiquiátrica no se consideraba un derecho y hasta 1992 no se incorporó al régimen de la Seguridad Social. El pago por la estancia era obligatorio salvo para los casos de pobreza que se acogieran a la beneficencia. Quienes pagaban formaban el régimen de los «distinguidos» con una mejor alimentación.

España perdió con la dictadura franquista su avanzada posición. «Las dos guerras mundiales dejaron muchos manicomios abandonados. Los enfermos se escaparon insertándose en la sociedad que vio cómo no eran tan peligrosos», asegura Azpeleta. Por contra, en nuestro país la Ley de Vagos y Maleantes convertía los psiquiátricos en un coladero. «Estar encerrado en un pabellón sin necesitarlo supone un gran deterioro porque se pierden habilidades».

El movimiento antipsiquiátrico ayudó al avance en la legislación. El ingreso podía ser voluntario o por orden judicial con el asesoramiento de un médico y un fiscal. La aparición de los tratamientos somáticos y de las primeras unidades de psiquiatría en ambulatorios y hospitales ha hecho que el actual número de pacientes ronde el centenar. La ciencia se encuentra ya en pleno siglo XXI mientras que la tolerancia parece aún estancada en la Sala de los Locos.

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Elena Soto: Dieta mediterránea, del laboratorio al fogón

martes, 22 de septiembre de 2009

El ingeniero de las utopías: Antonio Parietti

Laura Jurado | Palma martes 22/09/2009

Un gran retrato de Santo Domingo de la Calzada –patrón de los ingenieros de caminos– preside la casa de Andrés Parietti. Sólo un detalle descontextualiza la imagen religiosa: la carretera de Sa Calobra como paisaje de fondo. Una construcción fundamental para el turismo mallorquín que, como el cuadro, fue obra de Antonio Parietti. Un ingeniero que convirtió en accesible el fin del mundo.

Fundador del Círculo de Bellas Artes y de la Orquesta Sinfónica, presidente del Mallorca –cuando aún se llamaba Real Sociedad Alfonso XIII– y del Fomento del Turismo. La lista de cargos que ostentó Antonio Parietti demuestra que fue un hombre del Renacimiento en pleno siglo XXI. Mallorquín de nacimiento, se trasladó a Madrid donde estudió Ingeniería de Caminos. Recién licenciado, su vuelta a la Isla coincidió con la creación del departamento de vías y obras en las diputaciones provinciales.

«Su formación le llevó a dirigir la nueva sección y coincidió con la aprobación del Plan de Caminos Vecinales. Su función fue crear los proyectos y dirigir las obras de ejecución que, en la mayoría, consistían en la reforma de caminos ya existentes para adaptarlos al paso de automóviles», recuerda su hijo y el también ingeniero, Andrés Parietti. Poco después, con su nombramiento como presidente de Fomento de Turismo, inició su gran plan turístico para Mallorca. En 1925 llegó uno de sus proyectos más reconocidos: la primera carretera desde el Puerto de Pollença hasta Formentor. Un camino crucial para que Adan Dielh decidiera la construcción del famoso hotel. Más tarde asfaltó el acceso a Randa y en 1933 se inauguraba una de sus obras más célebres: la carretera de Sa Calobra. «Ahí se ratificó su objetivo, una carretera que no unía pueblos sino que se construía por mero interés turístico», afirma Andrés.

Seis años de trabajo y doce kilómetros de curvas fueron necesarios para superar los 800 metros de desnivel entre Cals Reis y Sa Calobra. Una noche a las cinco de la madrugada, la duermevela le inspiró la solución de uno de los tramos más difíciles: los 270 grados de la curva del Nus de la Corbata. «Aunque algunos conductores pasen miedo es una carretera totalmente segura», certifica el también ingeniero.

Sus sucesivos proyectos le convirtieron en el arquitecto de las utopías. Construyó accesos hasta lugares imposibles. La confirmación llegó en 1928 cuando, aún inmerso en las obras de Sa Calobra, ideó la construcción de un funicular aéreo para el Puig Major. Dos años después, Parietti solicitó la autorización para su construcción. Sin reclamaciones y con gran entusiasmo popular, el Ministerio de Obras Públicas dio su aprobación.

En 1934 Antonio Parietti presentaba su proyecto en el Teatre Principal. El funicular constaría de dos estaciones: una inferior en Cals Reis y otra superior a más de 1.400 metros de altura. Cubriría una distancia de dos kilómetros salvando un desnivel de 715 metros. Para evitar los desplazamientos laterales, se construirían tres torres intermedias.

La sociedad Funicular Aéreo financiaría los dos millones de pesetas de la obra. Según sus cálculos, en un año y con 12.000 visitas, se cubriría la inversión. A su construcción seguirían otras actuaciones como la instalación de un observatorio astronómico, un aerofaro, instalaciones para deportes de nieve y un restaurante. Parietti planteó, incluso, que en el caso de un ataque a la Isla, el funicular permitiría acceder rápidamente a un punto seguro.

En junio de 1936 comenzó la construcción de la plataforma de la estación inferior de Cals Reis, pero un mes después el estallido de la Guerra Civil paralizó las obras. Parietti no se rindió e intentó reanudar el proyecto en 1939 de mano de la firma alemana Bleichord-Zueg, pero la II Guerra Mundial volvió a suspenderlo.

El ingeniero siguió insistiendo, quería convertir en accesible aquel punto virgen, y logró transformar la concesión del funicular a una carretera de peaje hasta el Puig Major. De nuevo el ejército –esta vez un tratado entre España y Estados Unidos en 1953– paralizaba sus obras. Su proyecto, eso sí, fue adquirido por el Estado Mayor para construir la actual carretera que lleva a las instalaciones militares.

Parietti dedicó casi un siglo a avanzar los lugares que serían de obligada visita turística. Fue un auténtico visionario de la ingeniería que en sus últimas entrevistas exclamaba «No he podido construir el túnel de Sóller». Y hasta pone los pelos de punta.

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Una bebida contra los radicales libres
Óptica Cuántica, una luz que ilumina la ciencia del siglo XXI

jueves, 17 de septiembre de 2009

La Greta Garbo de los cielos (Jean Batten)

Jueves 17 de septiembre de 2009


Fotografía de época de Jean Batten.

CARLOS GARRIDO
WWW.CARLOS-GARRIDO.COM Recientemente, se dedicó el nombre de una calle de Palma a Jean Batten. Muchos se extrañaron, porque se trata de un personaje muy poco conocido entre nosotros. Pero con una fascinante historia. En realidad, la principal ligazón entre esa mítica aviadora neozelandesa y Palma se limita a una desgracia.
Jean Batten nació en 1909 y rompió récords aeronáuticos en una época en que las mujeres apenas tenían presencia en esa actividad. Realizó proezas como los trayectos Inglaterra-Brasil, Inglaterra-Australia o Inglaterra-Nueva Zelanda. Fue conocida como la "Greta Garbo de los cielos" por su gran glamour y su carácter muy especial, un poco huraño. Batten fue una mujer muy ligada a su madre, una de las primeras feministas de Nueva Zelanda. Sus biógrafos la acusan de haber manipulado sentimentalmente a algunos de los hombres con los que estuvo relacionada, que le apoyaron para realizar sus gestas. Y a los que luego dejó sin contemplaciones.
En algún vídeo de You Tube aparece pequeña y decidida, con ropas siempre impolutas y a la última moda. Era muy celosa de su vida privada y cuando murió su madre se retiró por completo, rehuyendo todo contacto social. Lo mismo que hizo Greta Garbo.
Es curioso que siendo una heroína nacional, con un aeropuerto a su nombre, monumentos, jardines, placas honoríficas, muriera en el anonimato. Residía en los apartamentos Vista Mar de Portopí rodeada de perros y uno de ellos le mordió. No quiso recibir asistencia médica, la herida se complicó y murió en 1982 sin que nadie supiese nada.
Llegó al depósito y como no hubo ninguna reclamación ni tampoco se interesó ninguna persona por ella, fue finalmente enterrada en la fosa común. Años más tarde, el editor de una de sus biografías la localizó. Vino una delegación neozelandesa para rescatar sus restos. Pero ya era imposible. Aquello les disgustó mucho, y tras dedicarle una placa en la fosa anónima, dijeron públicamente que "cosas así no deben pasar más".
La "Greta Garbo de los cielos" aparece en las últimas fotografías como una viejecita de ojos claros, y sonrisa un poco enigmática. Parece uno de esas personas que se llevaron todos sus secretos a la tumba

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miércoles, 16 de septiembre de 2009

El talaiot de los druidas

Laura Jurado | Palma martes 15/09/2009

Con el paso de Menorca a la Corona española. Joan Ramis decidió cambiar su gran proyecto literario. Ya no quería ser literato sino investigador y autor de la Gran Historia de Menorca. 'Antigüedades célticas ...' fue la primera pieza donde aseguraba el origen celta de los talaiots, navetas y taulas.

Para Joan Ramis el conjunto megalítico de Trepucó era un Stonehenge a la menorquina. No era el primero en sacarle parecido al monumento, pero sí en dedicarle toda una obra: el primer volumen de su Gran Historia de Menorca pero también el primer libro sobre Prehistoria publicado en España.

La dominación británica trajo a Menorca prosperidad económica. El comercio favoreció una relación con otras ciudades y universidades que permitió a algunos autores, como Joan Ramis, recibir una educación selecta. Su gran formación fue como jurista ya que estudió Derecho Civil y Canónico consiguiendo el título en Aviñón. Sin embargo, sus estudios en Retórica, Poética y Filosofía determinaron su faceta de literato. «Sin duda fue la figura más importante del neoclasicismo catalán, sobre todo por su trilogía teatral pero también por su obra poética», afirma la filóloga e historiadora de la Cultura, Josefina Salord.

Lucrècia (1769) llegó a ser considerada también como la obra más importante de dicho movimiento. A ella le siguieron Arminda, Constància y, por último Rosaura o el més constant amor en 1783. Para algunos autores, la incorporación de la isla a la Corona española hizo que Ramis abandonara su producción en catalán; Josefina Salord va mucho más allá. «Más que un cambio de lengua fue un cambio de proyecto. Su gran plan literario se convierte en uno historiográfico. Decide ser historiador y elaborar la Gran Historia de Menorca», explica. Sólo el inglés John Armstrong se había propuesto antes el mismo objetivo y la dominación española se encontró, de repente, con un gran vacío informativo sobre la isla.

La fundación de la Societat Maonesa de la Cultura - con sede en su propia casa - fue uno de los primeros pasos hacia el cambio. El gran salto llegaría - precedido por algunas monografías breves - en 1818 con Antigüedades célticas de la isla de Menorca desde el siglo IV de la era cristiana hasta la actualidad, el primer libro de arqueología en España además del primer estudio sobre la Prehistoria. «Las teorías de aquella época eran muy diferentes a las actuales y la diferencia entre la Historia y la Prehistoria aparece ya avanzado el siglo XIX. La obra de Ramis fue la primera en referirse a dicha etapa aunque no la cite como tal», explica el Doctor en Historia Miquel Angel Casesnoves.

Los monumentos megalíticos de Menorca centraban la obra de Ramis y, como indica su propio título, la tesis fundamental era el origen celta de dichas construcciones. «Era una teoría común en la Europa ilustrada. Armstrong utilizaba el término "cromlech" como el de Stonehenge en Irlanda para referirse a los recintos de taulas pero con su origen británico era algo muy normal», añade Casesnoves. El menorquín atribuye a los celtas también las navetas y círculos de piedra. Entre sus fuentes citaba la Encyclopedia Britannica y otras obras francesas que clasificaban como celtas monumentos similares a los de Trepucó.

«La arqueología como ciencia no existía más que como elaboración de inventarios y Ramis incorporó una descripción física de los monumentos. La otra cuestión era aventurar qué eran, hacer hipótesis con sus escasos métodos», concreta el Doctor. "Antigüesdades célticas ..." recoge una relación de atalayas y talaiots e hizo que esos nombres populares pasaran a la literatura científica, analiza los pueblos que habitaron en Menorca, las particularidades de los druidas, pero ...¿en qué se basaba para asegurar ese origen celta? Ramis considera que eran edificaciones que demostraban una gran capacidad técnica y evolución y, por ello, le sorprendía la falta de inscripciones o letras sobre las mismas. «Sabía que los celtas eran un pueblo sin alfabeto y eso le llevó a relacionar ambos fenómenos».

Ya en 1820, un artículo del censor general escribía a propósito de Ramis: «Sería de desear que el autor no se hubiese empeñado en sostener antigüedades que cree que existen pertenecientes a tiempos de que no nos quedan monumentos ciertos». Sin embargo, no fue hasta mitad del siglo XIX cuando arqueólogos como Cartailhac demuestran el error de estas teorías.

En 1819 el menorquín terminaba "Historia civil y política de Menorca", pero su muerte, en febrero del mismo año, le impidió ver la obra publicada. Según Josefina Salord otros treinta volúmenes de investigación histórica quedaban como legado. Francesc Barceló Caimari y Josep M. Quadrado fueron dos continuadores de la labor de Ramis, igual que la ruta talaiótica menorquina en la que cimentó el primer capítulo de la que iba a ser y fue su Gran Historia.

DNI

  • Nombre: Joan Ramis Ramis

  • Época: 1746 - 1819

  • Natural de: Mahón

  • Profesión: Literato e historiador

  • Popular por: ser la figura más importante del neoclasicismo catalán y autor de 'Antigüedades célticas de ls isla de Menorca', el primer libro de arqueología publicado en España además del primer estudio sobre la Prehistoria.



Publicado en Baleópolis, nº 28.