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viernes, 9 de abril de 2010

Laura Jurado: El doctor de las epidemias (Antoni Roca i Flaquer)


Ocurrió en Menorca / Medicina 'de riesgo'

Cuando Antoni Roca i Flaquer [(1825 - 1900)] llegó a la medicina, la máxima contención para las epidemias eran las fronteras humanas de los cordones sanitarios. Una situación pese a la cual se enfrentó voluntariamente a los sucesivos brotes de cólera asiático y fiebre amarilla que atacaron la isla. Por Laura Jurado.

Antoni Roca i Flaquer fue un superhéroe en los tiempos en que las miasmas centraban la atención sanitaria. Una especie de cazafantasmas clínico contra todos aquellos efluvios malignos que, como se creía, desprendían los cuerpos enfermos y las materias corruptas. Un mal invisible llamado epidemia contra el que él luchó, sin apenas medios, a capa y espada.

Nacido en Mahón en 1825, Antoni Roca i Flaquer puso el punto y seguido a la saga de empresarios de la navegación que predominaba en su familia. Con él se inició de prestigiosos médicos. Después de cursar la enseñanza básica en Ciutadella, se trasladó a la Universidad de Barcelona para estudiar Física experimental y Química. En 1843 comenzó sus estudios en Medicina por los que obtuvo el grado de Bachiller en Medicina y Cirugía y, dos años después, el título de licenciado. Sería en ese mismo año cuando leyó una memoria: "Com obra el cloroform en l'economia humana, i en quines circumstàncies està indicat o deixat d'estar-ho?", su primer texto científico.

Después de acabar la universidad, el menorquín se trasladó a Montpellier para cursar una especialidad en Oftalmología, tras la cual regresó a su isla. Sin embargo, allí la situación histórica de la medicina no permitía ejercer esta faceta. «Las esecialidades médicas aparecen a mediados del siglo XIX, pero en Menorca se retrasarian hasta el XX. Rafael Saura Eymar fue uno de los primeros especialistas, en su caso en ginecología. Pons i Marqués fue probablemente, el primer oculista que se recuerda, ya que fundó el primer gabinete oftalmológico en Mahón», afirma el vicepresidente del Ateneo de Mahón, Miguel Ángel Limón.

De vuelta a Menorca, sus primeros años de ejercicio pasaron como médico del primer batallón del Regimiento de Isabel II. Pese a que durante una breve temporada viajó a Lleida como médico auxiliar de su hospital provincial, regresó para convertirse en interino del Hospital Militar de Mahón por Real Orden en 1861.

Con su nombramiento como médico consultor del Lazareto de Mahón en 1868 remató su vinculación con las epidemias. Su cargo como director médico de la Dirección de Sanidad Marítima le llevó a hacer la visita a las naves en tránsito por el puerto. Al frente de la sección sucia de la institución - donde se internaban los viajeros susceptibles de sufrir alguna enfermedad - accedió voluntariamente a asistir a varios individuos procedentes de Puerto Rico atacados de fiebre amarilla. «Todo en una época en la que la falta de recursos y de conocimientos hacía que más que dedicarse al tratamiento, los esfuerzos se centraran en evitar la propagación del mal», explica Limón.

Tres años antes, Roca i Flaquer tuvo su actuación más memorable y la que le valió cierto reconocimiento para la posteridad: su intervención en la epidemia de cólera asiático que atacó la isla en otoño de 1865.

El brote tenía en jaque a todo el Mediterráneo oriental: desde Cataluña hasta el área francesa de Marsella pasando por Valencia y Baleares. Uno de los últimos grandes casos de cólera del siglo XIX que, en Menorca, se cebó con los municipios de Ciutadella y Es Mercadal. «En este último, el médico titular enfermó, aunque no por la epidemia, y cuando el Ayutamiento de Mahón hizo un llamamiento para solicitar refuerzos, Antoni Roca i Flaquer acudió voluntariamente», relata el vicepresidente del Ateneo mahonés.

En el punto álgido de la epidemia, el médico se trasladó a Es Mercadal para seguir de cerca la evolución de la enfermedad. «Los medios eran mínimos y él acudió sabiendo que ponía en peligro su propia vida. El brote comenzó en otoño y antes de Navidad ya se había levantado el cordón sanitario», afirma. Una frontera que hiciera imposible el paso de personas e incluso de mercancías sin permiso de las autoridades.

Se creía que los cuerpos enfermos, las materias corruptas y las aguas estancadas producían unos vapores que trasladaban la enfermedad de un lugar a otro. Los efluvios que Thomas Sydenham y Giovanni María Lancisi bautizaron como miasmas en el siglo XVII y que durante mucho tiempo se pretendieron combatir con la fumigación de perfumes y gases fuertes.

«Tenía que ser el ángel salvador que, corriendo veloz y espontáneamente hasta el lugar infectado de donde todos huían llenos del más profundo terror», escribía la prensa local sobre su hazaña. Una batalla de superhéroe sanitario que le valió ser nombrado Hijo Ilustre.

Durante sus últimas décadas, Roca i Flaquer combinó su actividad médica con la consular, siendo vicecónsul de Suecia - Noruega durante ocho años, y después de Portugal hasta que la enfermedad le impedió seguir. Poca información se tiene sobre la causa que le quitó la vida en 1900. Quizá alguna de aquellas epidemias demoníacas le venció el pulso en un descuido. Cuando murió, la prensa de Mahón pidió para él un reconocimiento que hiciera justicia a su valentía. Cuentan que los funerales por su alma fueron los más solemnes que se recuerdan.

DNI

  • Nombre: Antoni Roca Flaquer

  • Época: 1825 . 1900

  • Natural de: Mahón

  • Profesión: Médico

  • Popular por: Su papel destacado en el tratamiento de las epidemias que asolaron Menorca en el siglo XIX, principalmente desde el Lazareto de Mahón y la Dirección de Sanidad Marítima de dicho puerto.




Artículo escrito por Laura Jurado y publicado en el suplemento Baleópolis del periódico El Mundo de Baleares del 30 de marzo de 2010.

martes, 19 de enero de 2010

La ruta menorquina de la seda (Francesc Cardona i Orfila)

Laura Jurado | Palma martes 19/01/2010

El acercamiento de Francesc Cardona i Orfila a la ciencia es tan misterioso como el secreto mismo de la Creación. Comenzó por compatibilizar su actividad sacerdotal con sus inquietudes científicas y acabó por hacer de éstas últimas una industria pionera con seda made in Alaior.

Su formación en Teología en Valencia y Barcelona puso a Cardona i Orfila en el camino del ministerio sacerdotal y la pedagogía. El origen de su interés por la ciencia es algo desconocido, pero pronto lo aplicó a sus obligaciones eclesiásticas y colaboró con el Obispado en la creación de los gabinetes de física y química y de historia natural del Seminario Conciliar de Ciutadella. Pronto comenzaron sus investigaciones en dos áreas diferentes: la entomología –que estudia los insectos– y la malacología –interesada en los moluscos–. Dos facetas en las que se convirtió en un verdadero coleccionista. Sus conocimientos crecían al mismo tiempo que el número de ejemplares de su propiedad.

Sus tres volúmenes sobre entomología –entre ellos el Catálogo de los coleópteros de Menorca (1872)– recogían los nombres en latín de las especies, el que recibían en catalán y su hábitat. Por otro lado, su colección de moluscos fue durante mucho tiempo la segunda más importante de España en número de ejemplares sólo superada por la del Museo de Ciencias Naturales de Madrid.

«Existió un proyecto para crear un museo de Historia Natural con Rodríguez Femenías entre sus impulsores. Sin embargo, el fracaso de la iniciativa hizo que se dispersaran las colecciones de Cardona i Orfila y se perdieran ejemplares», afirma el conservador del museo de Ciencias Naturales del Ateneu de Mahón, Llorenç Pons. El Seminario de Ciutadella, el Museo de Menorca y el Ateneu acogieron parte de esas colecciones. Sólo éste último cuenta en sus depósitos con más de 4.000 ejemplares de todo el mundo: Filipinas, Brasil, Panamá o el sudeste asiático.

En 1881 Cardona i Orfila se convirtió en el representante menorquín de un proyecto que se extendió por todo el sur de Europa. Tras una epidemia que diezmó el cultivo del gusano de seda común en el continente, se implantaron numerosas granjas para la producción de seda salvaje a partir de una nueva especie: el Antheraea pernyi, por entonces denominado Attacus pernyi.

En España se instalaron granjas en Castellón, Barcelona, Navarra, Vizcaya y Menorca. Aquella nueva especie –también conocida como el gusano de seda del roble– era criada desde hacía siglos en Oriente para obtener lo que hoy se conoce como seda salvaje, más difícil de trabajar pero también más resistente que la tradicional.

«En La Isla de Menorca del Archiduque, con quien también colaboró Cardona, ya se hace mención al intento de cría de esta especie para instalar en la isla una industria de la seda», apunta Pons. Pero las granjas menorquinas contaban con un problema añadido: la ausencia casi absoluta de robles, fuente de alimento del gusano. Ahí fue donde intervino el religioso.

Su idea era que el Attacus pernyi cambiara su alimentación por las hojas de encina, un árbol abundante en Menorca. Entre 1881 y 1883 comenzó las pruebas. Dos opúsculos recogieron más tarde su experiencia bajo el título Apuntes sobre la aclimatación del Attacus pernyi, gusano de seda bivoltino del roble, efectuada en Menorca, a domicilio y en el monte, con la hoja de encina, Quercus ilex. «El lugar elegido fue la possessió de Son Gall en Alaior. Allí, además de existir un gran encinar, contaba con la ayuda de sus propietarios», detalla el conservador museístico.

El objetivo era crear una industria de la seda en Menorca gracias al abastecimiento de la materia prima, los gusanos. Su proyecto pionero contó con muy pocos apoyos en la sociedad menorquina. Una carencia que se sumó a los escasos recursos económicos y a la falta de rentabilidad de las granjas hasta dar por finalizada la aventura en la isla en 1886.

Como en Menorca, el resto de granjas de España cerraron durante los primeros años del siglo XX. Sin embargo, lo que fue considerado un fracaso empresarial fue probablemente una victoria biológica. Los Attacus pernyi –hoy renombrados como Antheraea pernyi– no llegaron a proliferar pero el experimento de Cardona i Orfila consiguió que aún hoy en día orugas y mariposas de esta especie sigan reproduciéndose en encinares menorquines.

Fuente
Elena Soto: La sal marca el ritmo turbulento del océano

martes, 10 de noviembre de 2009

El 'broker' del alga menorquina (Rodríguez Femenías)

Laura Jurado | Palma lunes 09/11/2009

Rodríguez Femenías
Rodríguez Femenias de expedición | J. M. Rosas

Qué movió a Joan J. Rodríguez Femenias a fijar su atención en los fondos marinos sigue siendo casi un misterio. Tal vez él, empresario terrestre, vio en las estepas abisales un oasis libre de explotación. O quizá se preguntara qué eran aquellas plantas viscosas que le rascaban las piernas cuando nadaba en la playa. Una inversión de aficionado que brilló por encima de cualquiera de sus negocios.

Nació en Mahón hijo de un próspero comerciante pero no tuvo más estudios que la escuela primaria. Sin embargo, probablemente fue aquella procedencia la que le permitió iniciarse en el mundo de los negocios poco antes de hacer el que sería el descubrimiento de su vida: la botánica. "Fue con la visita a Menorca de Colombiers, un inspector de correos francés que llegó en la época de los ensayos telegráficos entre Mahón y Argel. Era un naturalista aficionado y contagió al menorquín", explica el historiador Josep Miquel Vidal.

Pronto la botánica fue un campo demasiado amplio y Rodríguez Femenias buscó refugio en la algología en la que se formó de manera autodidacta y con la correspondencia con una veintena de algólogos con Bornet y Grunow como maestros. En aquel momento era un campo de la ciencia prácticamente desconocido "y con muy pocos estudios en el Mediterráneo occidental" que hizo del menorquín un pionero y referente más allá de España. No fue hasta finales del siglo XIX cuando la algología experimentó un gran desarrollo en todo el país.

Llevaba ya algunos años recogiendo material y pronto su herbario de algas hoy en el Ateneo de Mahón alcanzó las 3.000 especies. Entre ellas, endemismos que él mismo había descubierto como la Laminaria rodriguezii. En lo teórico, seis publicaciones recogieron sus avances en los que destacan Algas de Baleares, raíz de la algología posterior del Levante peninsular. Su proyecto de realizar un catálogo nacional de algas no consiguió apoyo para salir adelante.

Lejos del mar, analizó la flora menorquina y obras como Flòrula de Menorca fue una referencia básica que prácticamente no se ha actualizado hasta el siglo XXI. Recorrió los barrancos de Algendar, el de Trebaluger y el Pas den Ravull rescatando plantas endémicas. Su Catálogo de los musgos de las Baleares (1875) marcó también un referente en el estudio de los briófitos que identificó gracias a la ayuda del alemán Hegel. Los reconocimientos no tardaron en llegar: en 1866 se convertía en el primer miembro español de la Societé Botanique de France y poco después en socio numerario de la Sociedad Española de Historia Natural.

Mientras seguían publicándose sus obras, Joan J. Rodríguez Femenias abandonó en cierto modo la investigación para desarrollar iniciativas de mayor envergadura. Con el oceanógrafo Odón de Buen proyectó la creación de un centro de estudios de biología marina en el puerto de Mahón. Pero la falta de apoyo acabó por hacerlo realidad en Mallorca. "El problema fue fundamentalmente económico. Las autoridades locales estaban a favor, pero no querían gastar en eso y menos en una isla tan pequeña como Menorca", afirma Vidal.

En la década de los 80 el menorquín se centró en actividades municipales: entre 1883 y 1885 fue alcalde de Mahón, en 1882 fundó con su suegro el Banco de Mahón –el primer banco autónomo de la isla del que fue administrador hasta su muerte– e instaló una fábrica de gas para alumbrado. El proyecto del Ateneo Cultural llevaría también su nombre entre los fundadores intelectuales, aunque murió antes de verlo hecho realidad.

En Menorca siempre fue, y es, mucho más conocido por su faceta como botánico. Como alcalde sus medidas progresistas causaron mucha polémica. Por otro lado, el Banco de Mahón acabó muy mal tras su muerte y, aunque él no tuviera la culpa, desprestigió también su figura.

Entre tensiones urbanísticas y políticas y ya prácticamente sin contacto con el mar, Joan J. Rodríguez Femenias murió en 1905 en Toulouse cuando se había trasladado a la ciudad francesa para pasar una temporada en un balneario en busca de remedio para su salud. Hacía quizá demasiado tiempo que se había convertido en un animal administrativo y terrestre.

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Elena Soto: El guardián del espacio exterior

viernes, 9 de octubre de 2009

Muestran el material gráfico del galeón de los siglos XVII-XVIII encontrado en Menorca

Viernes 09 de octubre de 2009

pecio
Se han inventariado 17 cañones de hierro y cuatro anclas en aguas del norte de Menorca. Foto: F.A.M.

LOURDES DURÁN. PALMA. La Fundación Argo Maris, tras la presentación de todo el material gráfico y documental al Consell de Menorca, hizo públicas ayer las imágenes y los vídeos del hallazgo del galeón de los siglos XVII-XVIII encontrado en la costa norte de la isla en agosto de 2007. Los restos de cañones y anclas son valorados como pruebas muy importantes al tratarse de un barco inédito hasta la fecha.
Desde que el pescador Félix Ripoll, vecino de Es Mercadal, diera noticia de que algo extraño estaba ocurriendo con sus redes en las aguas cercanas al cabo Cavallería, la Fundación Argo Maris decidió inspeccionar el fondo marino, un año después.
Se encontraron restos diseminados en un radio de 40 metros y a 60 metros de profundidad. Cañones de gran tamaño, anclas y fragmentos de las maderas de la cuaderna de la estructura del buque ponían en evidencia que podría tratarse de un galeón.
La fundación privada informó al Consell de Menorca del hallazgo de este pecio para protegerlo de posibles expolios. Asimismo se pusieron en contacto con el Ecomuseo de Cap de Cavallería y establecieron las bases de un trabajo conjunto.
Debido a la magnitud del hallazgo, se involucró el Museo Arqueológico Nacional de Arqueología Subacuática de España de Cartagena.
Los trabajos arqueológicos se han desarrollado en dos fases o campañas cuyo objetivo fue conocer a fondo el pecio. Se han obtenido más de 2.000 fotogramas cenitales.
Hasta el momento se han inventariado 17 cañones de hierro, con una longitud de dos metros la mayoría. Se han identificado cuatro anclas, dos a proa y dos a popa.
El Consell de Menorca y el equipo científico han descartado cualquier acción que altere el estado actual del barco. Para las próximas campañas de prospección –el próximo año–, se utilizará material de alta precisión. Se está trabajando, desde la institución, en las medidas de prevención y seguridad más opotunas para evitar expolios. Se quiere incluir en la Reserva Marina del Norte la figura de Bien de Interés Cultural.

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martes, 6 de octubre de 2009

Descubren el pecio de un galeón del siglo XVIII en la costa de Menorca

Efe | Mahón martes 06/10/2009

La fundación Argo Maris ha notificado al Consell de Menorca el descubrimiento de los restos arqueológicos sumergidos de un galeón del siglo XVII-XVIII en la costa norte de la isla, tras el aviso dado por un pescador de Fornells. Según informan fuentes de esta entidad privada, las primeras inspecciones realizadas mediante vehículos dirigidos por control remoto han constatado la presencia de restos evidentes de un barco naufragado a unos sesenta metros de profundidad.

Estos restos, diseminados en un radio de cuarenta metros incluyen algunas anclas de gran tamaño, cañones de hierro y maderas de la estructura del barco. La presencia de estos objetos indica que se trata de una fragata o un galeón de guerra del siglo XVII o XVIII. Una vez realizados los primeros trabajos de prospección arqueológica, dirigidos por el equipo de arqueólogos del Ecomuseo Cap de Cavalleria, con el apoyo de la fundación Argo Maris, se ha presentado el resultado a la dirección de Patrimonio de la Conselleria de Cultura y Patrimonio del Consell de Menorca. La presentación se ha hecho con un fotomosaico realizado a partir de las más de 2000 fotografías submarinas zenitales obtenidas.

Gracias a este documento gráfico, los arqueólogos del Ecomuseo Cap de Cavalleria han inventariado hasta el momento un total de 17 cañones de hierro, todos ellos con una longitud de unos dos metros. También han sido identificadas cuatro anclas, dos en la proa y otras situadas en la popa, todas ellas de grandes dimensiones. Técnicos de la dirección de Patrimonio, así como investigadores del Museo Arqueológico Nacional de Arqueología Subacuática de Cartagena han certificado que puede tratarse de un barco de gran interés histórico y de preservación ya que es inédito hasta la fecha.

Inicialmente se descarta cualquier tipo de acción que altere el barco hundido y, para las futuras campañas que se desarrollen el próximo año se prevé utilizar instrumentos de precisión en materia de prospección geofísica, teledetección e instrumentos robóticos que aporten más información de este pecio sin planificar, de momento, actuaciones que alteren el estado de conservación del yacimiento.

La asociación Sa Nitja, Gestión de Patrimonio Mediterráneo viene desarrollando desde el año 2007 un proyecto de investigación arqueológica en materia subacuática autorizado por el Consell de Menorca en torno al puerto de Sanitja y el Cap de Cavalleria, en la costa norte de Menorca.

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miércoles, 16 de septiembre de 2009

El talaiot de los druidas

Laura Jurado | Palma martes 15/09/2009

Con el paso de Menorca a la Corona española. Joan Ramis decidió cambiar su gran proyecto literario. Ya no quería ser literato sino investigador y autor de la Gran Historia de Menorca. 'Antigüedades célticas ...' fue la primera pieza donde aseguraba el origen celta de los talaiots, navetas y taulas.

Para Joan Ramis el conjunto megalítico de Trepucó era un Stonehenge a la menorquina. No era el primero en sacarle parecido al monumento, pero sí en dedicarle toda una obra: el primer volumen de su Gran Historia de Menorca pero también el primer libro sobre Prehistoria publicado en España.

La dominación británica trajo a Menorca prosperidad económica. El comercio favoreció una relación con otras ciudades y universidades que permitió a algunos autores, como Joan Ramis, recibir una educación selecta. Su gran formación fue como jurista ya que estudió Derecho Civil y Canónico consiguiendo el título en Aviñón. Sin embargo, sus estudios en Retórica, Poética y Filosofía determinaron su faceta de literato. «Sin duda fue la figura más importante del neoclasicismo catalán, sobre todo por su trilogía teatral pero también por su obra poética», afirma la filóloga e historiadora de la Cultura, Josefina Salord.

Lucrècia (1769) llegó a ser considerada también como la obra más importante de dicho movimiento. A ella le siguieron Arminda, Constància y, por último Rosaura o el més constant amor en 1783. Para algunos autores, la incorporación de la isla a la Corona española hizo que Ramis abandonara su producción en catalán; Josefina Salord va mucho más allá. «Más que un cambio de lengua fue un cambio de proyecto. Su gran plan literario se convierte en uno historiográfico. Decide ser historiador y elaborar la Gran Historia de Menorca», explica. Sólo el inglés John Armstrong se había propuesto antes el mismo objetivo y la dominación española se encontró, de repente, con un gran vacío informativo sobre la isla.

La fundación de la Societat Maonesa de la Cultura - con sede en su propia casa - fue uno de los primeros pasos hacia el cambio. El gran salto llegaría - precedido por algunas monografías breves - en 1818 con Antigüedades célticas de la isla de Menorca desde el siglo IV de la era cristiana hasta la actualidad, el primer libro de arqueología en España además del primer estudio sobre la Prehistoria. «Las teorías de aquella época eran muy diferentes a las actuales y la diferencia entre la Historia y la Prehistoria aparece ya avanzado el siglo XIX. La obra de Ramis fue la primera en referirse a dicha etapa aunque no la cite como tal», explica el Doctor en Historia Miquel Angel Casesnoves.

Los monumentos megalíticos de Menorca centraban la obra de Ramis y, como indica su propio título, la tesis fundamental era el origen celta de dichas construcciones. «Era una teoría común en la Europa ilustrada. Armstrong utilizaba el término "cromlech" como el de Stonehenge en Irlanda para referirse a los recintos de taulas pero con su origen británico era algo muy normal», añade Casesnoves. El menorquín atribuye a los celtas también las navetas y círculos de piedra. Entre sus fuentes citaba la Encyclopedia Britannica y otras obras francesas que clasificaban como celtas monumentos similares a los de Trepucó.

«La arqueología como ciencia no existía más que como elaboración de inventarios y Ramis incorporó una descripción física de los monumentos. La otra cuestión era aventurar qué eran, hacer hipótesis con sus escasos métodos», concreta el Doctor. "Antigüesdades célticas ..." recoge una relación de atalayas y talaiots e hizo que esos nombres populares pasaran a la literatura científica, analiza los pueblos que habitaron en Menorca, las particularidades de los druidas, pero ...¿en qué se basaba para asegurar ese origen celta? Ramis considera que eran edificaciones que demostraban una gran capacidad técnica y evolución y, por ello, le sorprendía la falta de inscripciones o letras sobre las mismas. «Sabía que los celtas eran un pueblo sin alfabeto y eso le llevó a relacionar ambos fenómenos».

Ya en 1820, un artículo del censor general escribía a propósito de Ramis: «Sería de desear que el autor no se hubiese empeñado en sostener antigüedades que cree que existen pertenecientes a tiempos de que no nos quedan monumentos ciertos». Sin embargo, no fue hasta mitad del siglo XIX cuando arqueólogos como Cartailhac demuestran el error de estas teorías.

En 1819 el menorquín terminaba "Historia civil y política de Menorca", pero su muerte, en febrero del mismo año, le impidió ver la obra publicada. Según Josefina Salord otros treinta volúmenes de investigación histórica quedaban como legado. Francesc Barceló Caimari y Josep M. Quadrado fueron dos continuadores de la labor de Ramis, igual que la ruta talaiótica menorquina en la que cimentó el primer capítulo de la que iba a ser y fue su Gran Historia.

DNI

  • Nombre: Joan Ramis Ramis

  • Época: 1746 - 1819

  • Natural de: Mahón

  • Profesión: Literato e historiador

  • Popular por: ser la figura más importante del neoclasicismo catalán y autor de 'Antigüedades célticas de ls isla de Menorca', el primer libro de arqueología publicado en España además del primer estudio sobre la Prehistoria.



Publicado en Baleópolis, nº 28.

martes, 21 de julio de 2009

El químico del queso y el mar

Laura Jurado | martes 21/07/2009

Ferrer fue el primero en analizar químicamente el mar y el queso mahonés
El científico colaboró en la creación del 'agua normal'


Junto al color de los ojos y el carácter, Jaume Ferrer heredó de su padre un cromosoma más: el de la pasión por la ciencia. Una vocación que Ferrer Aledo orientó a la oceanografía mientras que su hijo, versionando a Calderón de la Barca, enarboló el lema de «que toda la vida es laboratorio». Su obsesión por la química le llevó desde las profundidades del Mediterráneo hasta el interior de un queso mahonés.

Matraces, microscopios y cuentagotas formaban el hábitat natural de Jaume Ferrer. Nacido en Mahón en 1883, su relevancia como investigador comenzó ya en la universidad de Barcelona donde Odón de Buen –pionero en la oceanografía española– era catedrático de Historia Natural. Aún como alumno, Ferrer fue nombrado jefe de prácticas de Mineralogía y Botánica. Su trayectoria universitaria sería una evolución constante: catedrático de Química Orgánica de la Universidad de Sevilla, doctor en Ciencias Fisicoquímicas y licenciado en Farmacia. En 1913, pensionado por la Junta de Ampliación de Estudios, se formó en síntesis orgánica junto al profesor Sabatier.

En 1908 su trayectoria había vuelto a coincidir con la de Odón de Buen al convertirse en colaborador del laboratorio de Biología marina de Porto Pi que el zaragozano dirigía y había fundado aquel mismo año. Poco se sabe de sus primeras funciones, pero en 1919 pasó a ser jefe de la sección de Química del Instituto Español de Oceanografía. «Allí encontró una aplicación a su verdadera vocación. Fue uno de los pioneros en estudiar el mar desde su vertiente química. Analizaba, sobre todo, las condiciones de salinidad ya que la contaminación del agua no era aún algo preocupante», explica el historiador menorquín Josep Miquel Vidal.

Entre 1914 y 1918, Ferrer participó en las sucesivas campañas oceanográficas del Instituto por el Mediterráneo y el Cantábrico a bordo del Núñez de Balboa o el Hernán Cortés. Las muestras de agua recogidas eran después exhaustivamente estudiadas en los laboratorios de química donde se determinaba el grado de salinidad y se elaboraban análisis de productos animales.

Los trabajos del menorquín destacaban por su carácter analítico, tanto de las sales y el oxígeno disuelto en el mar como de la determinación de los patrones de agua de calidad. Instituciones internacionales encargaron a los científicos de Porto Pi que elaboraran la llamada agua normal para ser suministrada a todos los laboratorios mediterráneos. «Era un trabajo de gran responsabilidad. Se trataba de un líquido estándar que servía de patrón para analizar alteraciones o comparar niveles», afirma Vidal. Un marcador que utilizaba el método de cloruración y que se concretó con la publicación del estudio Preparación del agua normal.

En 1920, Ferrer recibía el título de Comendador ordinario de la Orden Civil de Alfonso XII como recompensa por sus trabajos en el Instituto oceanográfico. Casi en un rincón de la memoria quedaba su Análisis del queso de Mahón de 1906. «Pese a que era un producto emblemático, nadie había hecho un estudio sobre él y hasta 1992 no se volvió a analizar. Ferrer intentó determinar las características que lo diferenciaban de otros, pero en aquella época aún no se aprovechó como un recurso publicitario», asegura el historiador.

Dos años después, tras una década viviendo y trabajando en la ciudad, Ferrer fallecía en Sevilla con sólo 38 años. Su muerte se producía en el momento más álgido de su actividad profesional cuando el menorquín ya era reconocido como uno de los químicos más importantes del país. Sus investigaciones habían hecho avanzar enormemente el conocimiento científico de las aguas mediterráneas. «Hay en el volumen de agua de la superficie terrestre mucha más vida que en la parte de la tierra que emerge de las aguas», escribía L. Lafuente Vanrell tras su muerte. Nadie podía imaginar cómo se magnificaba ese otro mundo bajo el microscopio de Jaume Ferrer.

Fuente
La Mola: un laboratorio junto al mar

martes, 30 de junio de 2009

Cuando para ir a Urgencias la ambulancia era un llaüt a remos

Laura Jurado | Palma martes 30/06/2009

En cuarenta años la Isla del Rey pasó de un proyecto de Parador Nacional digno de protagonizar el No-Do a unas ruinas objetivo del equipo de investigación de Cuarto Milenio. Su aislamiento no fue suficiente para evitar el expolio que arrasó, incluso, con las vigas del edificio. Hubo que esperar hasta 2004 para ver la resurrección del hospital.

Algo de premonitorio tuvo la conquista de Menorca a los musulmanes en el siglo XIII cuando, para esperar al resto de su escuadra, Alfonso III hizo escala en aquel islote mahonés. Su visita terminaría por bautizarlo como Isla del Rey y sería una muestra de su posición estratégica para la Marina. Los ingleses fueron conscientes de ello y en 1711 el almirante Jennings ordenó la construcción de un hospital. «Fue el primero de Menorca y diseñado por el mismo arquitecto de los de Chelsea y Greenwich aunque destinado a las escuadras que recalaran en Mahón», explica el presidente de la Asociación de Amigos de la Isla del Hospital y ex jefe del Estado Mayor del Ejército, Luis Alejandre.

Aquel primer centro tenía una única planta y camas para 400 pacientes, más del doble de la actual capacidad del Mateu Orfila aunque, como detalla Alejandre, «por entonces no había ningún tipo de medicina primaria y la mayoría de los casos eran derivados al hospital». Fue con la segunda dominación inglesa –con la francesa de por medio– cuando las obras de ampliación de 1773 elevaron a 1.200 el número de camas. «El hospital fue una puerta de entrada a una medicina más avanzada y científica de la Escuela de Edimburgo lejos de las supersticiones de la española», añade.

Pese a que funcionaría aún durante dos siglos más, con la Guerra de la Independencia comenzaron los problemas para el hospital. La falta de recursos económicos del Estado hizo que se dejara de atender el centro y, aunque se consiguió evitar la venta del edificio, se destinó al cobijo de ganado al tiempo que se alquilaban los terrenos del islote como pasto.

En 1821 fue habilitado como lazareto para los enfermos de fiebre amarilla. «El gran enemigo eran los contagios, por eso se destacaba la ventilación y el aislamiento del hospital de la Isla», afirma Alejandre. Sin embargo un accidente durante unas prácticas de tiro en la Batería de Llucalari en 1953 probó su ineficiencia: «Demostró lo penoso que era el traslado en barco al centro aunque ya existiera una lancha motora. Eso precipitó su cierre». Diez años después comenzó el traslado de varias secciones al nuevo Hospital Municipal inaugurado el 23 de junio de 1964.

A su clausura siguieron cuarenta años de expolio y abandono: zonas sin techo ni muros, paredes repletas de graffitis, habitaciones sin vigas y la desaparición del sistema eléctrico tras el robo de los cables de cobre. En 1960 Franco había visitado la Isla del Rey para sugerir la construcción de un Parador Nacional con piscina y hasta puerto deportivo. También la empresa americana Fractal proyectó en el año 2000 un hotel de lujo que diseñaría el arquitecto japonés Kisho Kurokawa. Ninguna de las iniciativas salió adelante.

«Era muy difícil que la iniciativa privada funcionara con la Isla porque sus propietarios son diversas administraciones: 20 metros corresponden a la Demarcación de Costas, otra parte al Ministerio de Cultura y el muelle al Ayuntamiento de Es Castell», detalla Alejandre. Con los años, muchos se alegran de que el fracaso de los sucesivos proyectos garantizara su propiedad pública. En 2004 la Asociación de Amigos de la Isla del Hospital comenzó la reconstrucción del centro recuperando instrumental del siglo XIX e intentando convertirlo en lugar de visitas. El skyline menorquín recupera su forma.

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martes, 9 de junio de 2009

El escocés que quiso convertirse en el hombre del tiempo

Laura Jurado | Palma martes 09/06/2009

libro

Nubes de evolución, anticiclones y precipitaciones moderadas. Cuando George Cleghorn llegó a Menorca no conocía ninguna de estas expresiones; ni siquiera que, a la que iba a ser su nueva casa, la llamaban l’illa del vent. Fue el primero en observar el cielo y convertirse en el hombre del tiempo.

Su excelente currículum estudiantil hizo que en 1736 fuese destinado a Menorca con sólo 20 años. Una especie de beca Erasmus como cirujano del 22º regimiento de infantería del general Saint Clair. Se había formado en cirugía con el prestigioso profesor Monro –que le acogió en su propia casa– y complementó sus estudios con cursos de botánica y química. Finalmente se licenciaba en Medicina en su Edimburgo natal.

Pasó 13 años en la isla, pero no fue hasta su vuelta a Londres cuando se conoció la verdadera importancia de aquella estancia. En 1751 publicaba Observations on the epidemical diseases in Minorca. «En aquella época los médicos y científicos solían recoger en una obra sus experiencias fuera de su país para que pudieran ser útiles para otros. A Cleghorn le recomendaron hacer un libro de topografías médicas que analizase la relación entre las enfermedades más frecuentes y las características del clima», explica el historiador menorquín Josep Miquel Vidal Hernández.

La malaria era uno de los males que centraban la obra, «una enfermedad que afectaba a gran parte del Mediterráneo y de la que apenas se había escrito», afirma Vidal. En su estudio Cleghorn analizaba los efectos de la quinina de los barcos –una sustancia que se extraía de la corteza del quino y que posee propiedades febrífugas– como cura. Sin embargo, su intención de crear una topografía médica de Menorca resultaba aún más llamativa. Una correlación entre el clima y las enfermedades que incluía las primeras mediciones climatológicas de la isla.

Aquel primer hombre del tiempo aún no necesitaba pantallas ni punteros. Sobre su método de trabajo sólo se sabe lo que el propio Cleghorn escribió. Durante seis años –de 1744 a 1749 ambos incluidos– confeccionó una tabla que recogía las temperaturas diarias, así como la media, la máxima y la mínima de cada mes. Una hazaña pionera en la Historia empequeñecida por la propia falta de recursos. Su único instrumento era un termómetro graduado en la escala Fahrenheit –«más primitivo que el que hoy tiene cualquiera en casa»– con el que hacía sus mediciones diarias a las tres de la tarde y en el interior de una casa.

La tecnología todavía no estaba hecha para la meteorología y el escocés veía limitadas sus mediciones por la falta de aparatos. Las lluvias se reducían a un control cualitativo: débiles, normales, fuertes o muy fuertes. Sus ojos eran el único pluviómetro para apreciar las cantidades y el número de días lluviosos. La calidad del aire era uno de los aspectos que más interesaba a Cleghorn –la humedad, la limpieza, el origen del viento...– porque creía que era el que más podía influir en la salud. «El aire húmedo se asociaba con las enfermedades mientras que el seco se consideraba sano porque las patologías aparecían cerca del mar o las albuferas», añade el historiador.

Un catálogo de la flora y la fauna menorquinas –con más de 500 términos con los nombres en latín y menorquín– completaban la obra del escocés que se convirtió casi en un best seller con continuas reediciones y traducciones. En su faceta de meteorólogo intentó caracterizar los cambios estacionales en la isla aunque, para Vidal Hernández, es muy difícil extraer conclusiones generales sobre el clima de Menorca porque sus mediciones –además de hacerse en el interior de edificios en el caso de la temperatura– cambiaban de lugar con los traslados del regimiento y muchas veces no se indicaba su ubicación. «Sus mediciones resultan de mayor interés por ser las primeras en la isla. Unos estudios que no tuvieron continuidad hasta setenta años después», asegura el historiador. En 1749 su regimiento, bajo las órdenes del general Offarrell, fue trasladado a Irlanda. Poco después el escocés se trasladaba a Londres. Con la publicación de su libro, Cleghorn logró situar a Menorca en el mapa sino internacional sí de las isobaras.

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martes, 31 de marzo de 2009

La historia de una isla ‘a medida’ que Armstrong nunca contó

Laura Jurado | Palma lunes 30/03/2009

mapa
En el siglo XVIII Menorca era una isla con muchos pretendientes. Las continuas conquistas y reconquistas la convirtieron en una especie de estrella mediática que acaparaba las páginas de los primeros diarios. Los sucesivos países que pasaron por allí cartografiaron el terreno dibujándolo a su medida. En 1752 The History of the island of Minorca, de John Armstrong, se publicaba conteniendo el mejor mapa visto hasta el momento. Pero ni era suyo ni era el primero.

Encartado entre sus páginas y sin referencia alguna aparecía aquel mapa: el supuesto primer intento científico de cartografiar Menorca que todos atribuyeron a Armstrong. «Las posteriores ediciones de la obra llegaron a citar textualmente su autoría. No era de extrañar, porque aquel ingeniero inglés era además muy buen dibujante», afirma el catedrático de Geografía Humana, Tomás Vidal. Fue él quien en sus investigaciones de 2001 descubrió el fraude que había perseguido a la Isla durante siglos.

El autor era efectivamente un ingeniero inglés llamado John, pero no Armstrong, sino Hargrave que en 1733 –20 años antes de la aparición del libro– había seguido las órdenes de la administración británica de levantar una cartografía de la Isla. «Es un mapa con algunos errores, pero muy perfeccionado. Con la llegada de los franceses se copió hasta la saciedad, de forma que muchos también creyeron en su procedencia gala», explica Vidal. Su llegada a la imprenta –casi medio siglo después– provocó otro gran engaño. Uno de los editores, La Rochette, se inspiró en copias francesas para su publicación; concretamente en una que había añadido al mapa original proyectos de caminos y construcciones que nunca se llegaron a realizar.

Una vez resuelto el problema de la autoría quedaba por demostrar si el mapa de Hargrave había sido el primero en la historia de Menorca. En este caso fue la historiadora Isabel Moll quien descubrió en la Biblioteca Británica un manuscrito que había escapado a la catalogación de cartografía. «En total se encontraron tres copias de un mapa anterior al de Hargrave, con fechas diferentes pero datadas una década antes», explica Vidal.

Era muy difícil asegurar si se trataba de meras copias o había algún original. La toponimia estaba en castellano, e incluso dos estaban catalogadas como spaniard, lo cual llevó a pensar en un autor español. «Ahora se sabe que es prácticamente imposible. Los topónimos sólo demuestran que contó con la colaboración de menorquines porque sólo ellos sabrían escribir con tanta exactitud algunos nombres».

A día de hoy sigue siendo muy difícil afirmar quién realizó esa primera cartografía. Existe una teoría que habla de un funcionario inglés, H. Neal, que en 1713 había llegado a Menorca mandado por la reina para que le contara cómo era aquel nuevo territorio conquistado. «Se decía que había hecho un informe y había dibujado un mapa. El primero se conserva, pero del segundo no hay referencias, pero sí coincide en fecha con los encontrados en Inglaterra». Según Vidal se trata de un mapa «con cierto aire infantil» donde las montañas se dibujan aún de perfil pero con una topografía muy correcta en la que incluso se diferencian calas y playas, «lo cual demuestra que estuvo en esos sitios».

Entre tantos errores y copias, Menorca llegó a sumar más de 100 mapas hechos en el siglo XVIII. Su historia contradice la teoría de la proliferación para fines militares. «Los impresores descubrieron que los mapas se vendían como rosquillas, se convirtieron en algo muy comercial que compraban las familias de clase alta. Y como no había cartografías, muchas veces se inventaban», sentencia Vidal.

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martes, 3 de marzo de 2009

Manolo Rives: Los vapores menorquines en los siglos XIX y XX

Manolo Rives publica en un suplemento de Náutica del Diario de Mallorca unos artículos sobre la historia de la navegación bajo el título de Historia Naval. Por ser artículos muy interesantes, transcribo hoy el titulado Los vapores menorquines en los siglos XIX y XX, publicado el día 28 de agosto de 2005. Acompañan estos artículos unas magníficas ilustraciones de Ramon Sampol Isern.

vapor CiudadelaEl "Ciudadela", inscrito en 1911, fue el último vapor menorquín en activo. Ilustración de Ramon Sampol Isern



En 1854 se constituía en Mahón la "Sociedad del Vapor Mahonés" que ese mismo año adquiría el buque del mismo nombre, primero de su clase con matrícula menorquina. La finalidad era cubrir la línea regular entre Mahón, Alcudia y Barcelona. Este vapor era de casco de hierro de hierro y propulsión por hélice - en Menorca no hubo ningún buque de ruedas de paletas -. El "Mahonés" tenía 40 metros de eslora, una manga de 5,3 metros y 3,9 de puntal. Con una máquina de 80 caballos, alcanzaba una velocidad de unos seis nudos a régimen normal. Llevaba aparejo de goleta y tanto los dos palos como la chimenea tenían caída hacia popa. El 4 de julio de 1854 salió en viaje inaugural desde Mahón a Alcudia y desde allí a la Ciudad Condal. Estuvo efectuando viajes regulares hasta 1880, año en que pasó a otra compañía.

Los mismos armadores del Mahonés compraron en 1859 el vapor "Menorca", al igual que el anterior, de casco de hierro y hélice. Tenía una eslora de 47 metros. Durante unos treinta y cinco años prestó servicio en nuestras líneas habituales, salvo cortos espacios de tiempo, como durante la guerra de Marruecos en 1860, en que fue fletado por el Estado como buque auxiliar de la Armada.

El vapor "Puerto de Mahón" fue el tercero de este tipo en Menorca. Mayor que los anteriores, tenía una eslora de más de 60 metros. Fue adquirido en 1877 por la "Sociedad Mahonesa de Vapores", heredera de la antigua Sociedad del Vapor Mahonés. Construído en Inglaterra en 1854, pertenecía en el año de su compra al armador barcelonés Pablo Tintoré. Prestó servicios en nuestras aguas durante más de veinte años. En 1889, y a causa de la niebla, tuvo un percance en las proximidades de Formentor, pese al cual pudo llegar a puerto por sus propios medios. En 1898 fue vendido a una naviera de Palma que lo tuvo en servicio hasta 1907.

En 1880 se compró el "Nuevo Mahonés". De características parecidas a los anteriores, prestó servicio hasta 1906, en que pasó a ser propiedad de una naviera valenciana. Un año más tarde naufragó en el puerto de Barcelona.

"El Menorquín", de la empresa "La Menorquina", inició sus viajes en 1893. Su proa era recta, a diferencia de la proa de violín característica de los buques de esa época. Permaneció inscrito en Mahón hasta 1928.

También en 1893, esta misma empresa compró el "Ciudad de Mahón", de 63 metros de eslora, además de otro vapor denominado "Comercio"; este último con más de treinta años, estaba destinado a servir como buque de reserva en caso de avería de los otros. En el año 1917 pasó a ser propiedad de la Compañía Transmediterránea.

El "Isla de Menorca" fue el primer buque de acero de la isla. Tenía una eslora de 70 metros. En 1918 pasó a formar parte de la Compañía Transmediterránea. En 1925 tomó parte en el desembarco de Alhucemas. En julio de 1936 quedó amarrado en el Grao de Castellón y a su bordo fueron trasladados más de medio centenar de presos que sufrieron cautiverio hacinados en un pequeño vapor carbonero. Prestó diversos servicios a favor de la República. Navegando en las proximidades de Cambrils fue hundido en un ataque de la aviación. Terminada la guerra, y al suponer un peligro para la navegación, fue reflotado y desguazado.

Igual suerte corrió el "Monte Toro", vapor de la matrícula de Mahón, construído en Francia, que cubría la línea semanal Barcelona - Mahón - Palma. En 1918 pasó a ser propiedad de la Compañía Transmediterránea. El inicio de la Guerra Civil le sobrevino en el norte de África. Fue utilizado para el transporte de tropas de la Legión a la península. Tras varias singladuras, al llegar a Málaga, la tripulación se rebeló junto a otras unidades contra los mandos, haciéndoles prisioneros y poniéndose a las órdenes del gobierno de la República. Durante un tiempo fue utilizado como prisión. Reiniciadas sus navegaciones en 1937, en un viaje con destino a Cartagena fue destruído por la aviación del bando nacional cuando, después de los primeros ataques, encalló en las islas Hormigas y fue sometido a un duro bombardeo.

La "Marítima, Compañía Mahonesa de Vapores" adquirió en 1911 un vapor inglés que fue rebautizado con el nombre de "Mahón". De 65 metros de eslora y buenas proporciones, tenía un andar de 13 nudos. Prestó servicio en la línea Mahón - Barcelona. En 1919 pasó igualmente a la Transmediterránea. Hundido por la aviación en Barcelona, fue puesto de nuevo a flote. A finales de la década de los cuarenta prestaba servicio en el Golfo de Guinea con el nombre de "Gobernador Chacón".

El "Ciudadela", inscrito en 1911, era un vapor de tan solo 38 metros de eslora. Adquirido en Inglaterra por la Compañía Mahonesa, prestó servicio entre la ciudad de su nombre, Alcudia y Palma. En 1919 pasó a formar parte, junto con los demás vapores de la "Marítima Compañía Mahonesa de Vapores" de la flota de la Compañía TRansmediterránea, valorándose en unas 120000 pesetas. Se mantuvo en servicio durante casi cuarenta años. En 1957, con más de sesenta años en sus cuadernas, se vendió en pública subasta en 1000000 de pesetas. Siguió durante varios años más como carbonero en el Cantábrico, siendo el último de los vapores menorquines en permanecer navegando.

De construcción inglesa, el "Antonia" perteneció a la naviera de Mahón denominada "Goñalons y Cía.". Había sido adquirido en el puerto de Bilbao. Desde allí navegó a Mahón al mando del capitán Bernardo Seguí Ballester. De características parecidas a los anteriores, estuvo en esta compañía durante unos ocho años, pasando a la compañía "Ferrer Pesset" de Valencia. En el año 1917, esta compañía se integró en la recién creada Transmediterránea, realizando servicios de carga hasta 1927, año en que fue desguazado.

El puerto de Ciudadela tuvo en su matrícula un solo buque de vapor. Era propiedad de la naviera "Compañía de Navegación de Ciudadela". El "Ciudad de Ciudadela" fue adquirido en Glasgow en el año 1889. De reciente construcción, su diseño respondía al de un buque para la navegación fluvial. Con algo más de 40 metros de eslora, los armadores pensaban que respondería bien en la mar. Inició sus viajes saliendo hacia Barcelona, con escala en el puerto de Pollensa. Tras dos años, al no obtener los resultados apetecidos, en parte debido a su explotación en mar abierta, la compañía local decidió venderlo a una empresa de Estambul por una cantidad que rondaba las 70000 pesetas. Desde entonces se le perdió la pista, si bien parece ser que realizó navegaciones por el Mar Negro transportando cereales.

Al igual que el resto del país, Menorca no fue ajena a los avances tecnológicos y a la modernización de las comunicaciones que se produjeron a lo largo del siglo XX y que supusieron la desaparición de los barcos de vapor, una de las páginas más bellas de nuestra historia naval, hoy casi olvidada.

Manolo Rives: "Los vapores menorquines en los siglos XIX y XX", publicado en el suplemento "Motor y Náutica" del Diario de Mallorca, el domingo 28 de agosto de 2005