martes, 7 de abril de 2009

La botella que originó la primera multinacional farmacéutica española

Laura Jurado | Palma lunes 06/04/2009


Como si de una chica Avon se tratase, Fernando Rubió Tudurí recorrió España con un maletín. En su interior, y en lugar de maquillaje, llevaba un nuevo producto farmacológico, la Glefina: un jarabe distribuido entre los niños para prevenir la malnutrición en una posguerra de hambrunas y que dio origen a la primera multinacional farmacéutica española.

Fernando Rubió fue barcelonés de nacimiento pero menorquín de adopción. Después de muchos años viviendo en la Isla –donde nacieron sus cuatro hermanos–, su familia se trasladó a la capital catalana a donde su padre, militar, había sido trasladado. Allí estudió Farmacia y Química antes de trasladarse al Instituto Pasteur de París para completar su formación. «Se relacionó con investigadores de vanguardia, pero decidió orientar su actividad no a la investigación sino a la producción famacológica», afirma el vicepresidente del Ateneo de Mahón, Miguel Ángel Limón.

Con apenas 24 años los experimentos primarios en su casa de Barcelona se transformaron en los pequeños laboratorios Andrómaco, que fundó junto al catalán Raúl Roviralta. Sus primeros trabajos se orientaron a la elaboración de una fórmula más científica de aquel aceite de hígado de bacalao que se administraba a los niños.

En una España de hambrunas y raquitismo aquel producto –obtenido de la cocción de hígado de bacalao y prensándolo luego para obtener su aceite– se utilizaba como un suplemento dietético para prevenir la malnutrición. Una simple pregunta a padres o abuelos descubre la popularidad que llegó a alcanzar.

Acostumbrados a jarabes de fresa, pastillas de menta y cápsulas de naranja es difícil entender el sabor de aquel aceite que, según la marca, iba de un ligero gusto a sardinas hasta un intenso olor a pescado podrido. Junto al aspecto farmacológico, Fernando Rubió quiso mejorar también ese aspecto: en su nuevo producto se incluían exicipientes de azúcar quemada. El medicamento era patentado con el nombre de Glefina. «Ya estaba estudiada antes de la Guerra Civil pero su popularización llegó en la posguerra», explica Limón. Una vez lanzada, Rubió se dedicó a recorrer todos los pueblos de España ofreciendo Glefina a los médicos. Además de ensayar fórmulas en el laboratorio, se convirtió en un verdadero agente comercial.

Sólo una de aquellas visitas tendría verdadera repercusión: la que realizó a Gregorio Marañón. «Había intentado que le recibiera en muchas ocasiones. El doctor Marañón adoptó la Glefina para sus pacientes y eso supuso todo un aval para el medicamento», asegura Limón. Aquello fue la clave para la expansión. Los laboratorios Andrómaco se convirtieron en la primera multinacional farmacéutica de España con sucursales en Francia y Sudamérica y venta en 23 países.

Tras la Glefina llegaron otros medicamentos como Lasa, su trayectoria mereció que la UIB le nombrara doctor Honoris Causa en 1992. Al frente de los laboratorios, Fernando Rubió consiguió el éxito económico y empresarial. Su estrecha vinculación con Menorca –a donde viajaba con frecuencia y donde se instaló definitivamente en 1946– hizo que destinara a la Isla la mayor parte de su fortuna. «Se convirtió en un mecenas: restauró el órgano de la parroquia de Santa María, compró la actual sede del Ateneo de Mahón y fue uno de los principales patrocinadores de la Enciclopedia de Menorca», relata Miguel Ángel Limón. Un final tan dulce como su nuevo jarabe.

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