viernes, 18 de diciembre de 2009

El secador inglés de S'Albufera (Bateman)

Laura Jurado | Palma martes 15/12/2009

Albufera
Vista general de S'Albufera con la central eléctrica de Es Murterar al fondo. | Mariona Cerdó

Imagine toda S’Albufera de Alcúdia convertida en un campo de cultivo. En un inmenso arrozal, concretamente. Antes de su visión turística y medioambiental la zona era sólo una ciénaga fuente de fiebres y paludismo. En 1862 llegó el mesías, el doctor empresario John Frederic Bateman.

"Aquellos dilatados y tétricos cañaverales en cuyas deletéreas brumas se cernía pavorosa la imagen de la muerte". Así describía la Revista de Obras Públicas la percepción que se tenía de S’Albufera en el siglo XIX. «Era una zona de ambiente enfermizo origen de muchas fiebres, enfermedades y paludismo. Siempre se decía que a Sa Pobla iban a vivir quienes no tenían otro lugar», añade el investigador y geólogo Andreu Muntaner.

Al mal estado de la salud pública se sumaban las crecidas de sus aguas que arrasaban muchas tierras de labor. Una situación inaguantable que hizo que proliferaran los intentos de desecación desde el siglo XVIII. La gran productividad de la zona hacía pensar en un aprovechamiento agrícola además del saneamiento.

"Cuestiones económicas y políticas asociadas a la propiedad de las tierras", como afirma Muntaner, fueron algunas de las causas de que la desecación no se desarrollara. En el terreno de la superstición científica también se creía que, de realizarse, podía suponer el agotamiento definitivo del agua. En 1851 la publicación de una Real Orden que reconocía la necesidad de secar la Albufera permitió el inicio de las obras.

A cientos de kilómetros de Mallorca, en Inglaterra, vivía y trabajaba John Frederic Bateman: un experto en ingeniería hidráulica en cuyo currículum destacaba el suministro de agua a Manchester como su proyecto más importante. Según explican C. Picornell y A. Ginard en John Frederic Latrobe Bateman, probablemente fue en Barcelona donde conoció el proyecto de s’Albufera y entró en negociaciones con los ingenieros que tenían la concesión.

En 1862 la New Majorca Land Company –con Bateman incluido– asumía la desecación, pese a que las obras no comenzaron hasta abril de 1863. Sobre un proyecto anterior de Villaverde diseñaron el plan definitivo. "Donde hoy está el centro de interpretación instalaron una rueda hidráulica que repartía el agua a los canales, una sala de calderas y todo un sistema para traer agua dulce desde una fuente", enumera el investigador.

La desecación supuso la construcción de la mayoría de infraestructuras actuales: más de 40 kilómetros de caminos, once puentes, un pantalán marítimo de 300 metros y el Gran Canal –que llevaba hasta el mar el agua de los dos torrentes que abastecían la Albufera– de 60 metros de ancho y 2.500 de largo. Tareas que congregaron a más de mil trabajadores además de las familias de la colonia agrícola de Gatamoix.

En noviembre de 1870 las obras llegaban a su final y un año después, el Ministerio de Fomento otorgaba a la New Majorca Land Company la propiedad de las tierras desecadas. Una extensión de más de 2.000 hectáreas.

El éxito parecía conseguido pero pronto cambiaron las cosas. "Las tierras de S’Albufera estaban por debajo del nivel del mar y por eso se inundaban de agua salada que obligaba a inyectar más agua dulce. Las variaciones del mar no se podían controlar. El cambio climático ha existido siempre", relata Muntaner. Las nuevas filtraciones de agua y los problemas de salinización hicieron que menguara la tierra disponible para cultivo hasta las 400 hectáreas.

El proyecto redujo el riesgo de inundaciones y saneó la zona de enfermedades pero fracasó desde el punto de vista empresarial. La zona de cultivo no era suficiente para rentabilizar los 17,5 millones de pesetas que según C. Picornell y A. Ginard se inviertieron en la desecación.

En 1886 Bateman donaba las tierras a su hijo Lee. La empresa había llegado a tener su propia moneda para pagar a los trabajadores de la colonia agrícola pero el declive continuó hasta que la familia Gual Torrella adquirió toda S’Albufera en 1896.

Una fábrica de papel, una central eléctrica y el actual Parque Natural escriben el pasado más reciente de la zona. Bateman regresó a Inglaterra y el legado documental de su proyecto mallorquín, del que no hay imágenes, se diseminó por España. Por el momento, el Pont dels Anglesos seguirá recordando su paso.

Fuente

Elena Soto: Patrimonio con efectos especiales