martes, 8 de diciembre de 2009

El microcosmos de los fósiles (Guillem Colom)

Laura Jurado | Palma lunes 07/12/2009

Si a Guillem Colom le hubieran otorgado el Premio Príncipe de Asturias a la Investigación Científica y Técnica, medio Sóller se habría preguntado por qué. Había rechazado ofertas de compañías americanas para quedarse en Mallorca pero pocos sabían que en la Vall de les Taronges se escondía un pionero en la micropaleontología española.

Colom –nacido en Sóller en 1900– fue el dios científico de las pequeñas cosas. Por influencia de un abuelo o por una casa que su familia había comprado en el campo, su primer interés por la naturaleza comenzó por los insectos. El salto llegó a los 18 años cuando ingresó como socio numerario en la Sociedad Entomológica de España e inició la correspondencia con los principales científicos del país.

Cuando llegó el momento de entrar en la Universidad, Colom se dividía entre la pasión empresarial de su padre –uno de los promotores del tren de Sóller– y su propia afición por las ciencias naturales. "Tenía 22 años y la Guerra del Rif desbarató todos sus planes. Fue reclutado aunque no llegó a ir a África sino que se quedó en Palma", explica el investigador y micropaleontólogo Guillem Mateu.

El Congreso Internacional de Geología de 1925 puso al solleric en su verdadero camino. "El encuentro se celebró en Madrid pero la excursión fue en Mallorca donde él se unió. El Congreso pedía que en España hubiera un experto en micropaleontología", afirma Mateu. Una necesidad que se unió a la influencia del geólogo Bartomeu Darder.

Colom dedicó prácticamente toda su vida al estudio de los foraminíferos fósiles: diminutos fósiles de organismos unicelulares que se encuentran en algunas montañas de Mallorca que estuvieron sumergidas en el mar. "La Universidad Complutense le encargó entonces el primer tratado de micropaleontología en español. Sus obras se convirtieron en fundamentales además de descubrir más de 250 nuevas especies", añade Mateu.

Alentado por Darder y Paul Fallet y animado por su espinita universitaria, Guillem Colom se marchó a estudiar a Europa. Primero en los cursos de Geología de La Sorbona y el Museo de Ciencias Naturales de París; luego, en una especialización en Petrología y rocas sedimentarias en Estrasburgo. Siempre como alumno libre. "Era tan sabio que no necesitaba ningún título que hablara por él".

El reconocimiento internacional del solleric no hacía más que aumentar. Mantenía correspondencia con centros de investigación de todo el mundo. Una "universidad a distancia" como define Mateu compuesta por más de 5.000 cartas. Su formación en petrología le llevó a trabajar para compañías americanas como la Standard Oil Company en busca de yacimientos de petróleo. Su mujer, Catalina Arbona –americana de ascendencia sollerica– traducía los informes al inglés.

A mediados de los años 40, Colom recuperó su interés por la entomología abordada desde sus conocimientos en geología. Los fósiles microscópicos le permitieron reconstruir la evolución de Baleares a lo largo de millones de años. En 1975 publicó Geología de Mallorca, la primera obra completa sobre el origen de las Islas.

Mientras, la Vall de les Taronges permanecía ajena al éxito de su paisano. "Cuando en el extranjero ya me conocían, aquí nadie sabía a qué me dedicaba", reconocía en un documental años antes de su muerte. Su nombramiento como miembro de la Academia de las Ciencias de Madrid "cayó como una bomba en Sóller y entonces se destapó todo", continuaba.

Mientras en el extranjero codiciaban sus colecciones, Colom –como ocurrió con el puesto de trabajo de una empresa americana– rechazó la oferta para dejar su legado con 20.000 preparaciones de micropaleontología al entonces proyectado Museo Balear de Ciencias Naturales.

En 1992 Guillem Colom asistía emocionado y orgulloso a la inauguración del centro. "El día que le nombraron Hijo Ilustre de Sóller todavía había algún médico que decía 'mira, a Colom que no tiene ningún título se lo dan, y a mí que soy médico, nada'", rememora el profesor Mateu. Pero el museo –que consiguió los primeros apoyos y ayudas en su nombre– era el símbolo de la victoria. Los "locos" estudiosos, como a él le habían llamado, habían ganado la batalla.

Fuente

Elena Soto: 'Ciberguardias' de la naturaleza salvaje