martes, 6 de octubre de 2009

La odisea de la especie (foca monje)

Laura Jurado | Palma martes 06/10/2009

foca monje
Foca monje, llamada también "vell marí"

Quizá Ulises nunca vio a las sirenas. Tal vez se tapó los oídos con cera y pidió ser atado al mástil en balde. Lo que asomó en la superficie parecía tener cabeza humana y, al sumergirse, lucía una extraña cola de doble aleta. Si se echa mano de la Historia Natural, aquellos seres serían focas monje. Una especie a la que la ciencia llegó tarde para salvar.

Plutarco y Plinio El Viejo ya referenciaron su existencia e incluso se ganó un hueco en la Historia animalium de Aristóteles a quien algunos autores adjudican una primera disección. Sin embargo, no fue hasta 1779 cuando Johann Hermann dio nombre a aquel animal marino de piel grisácea y vientre blanco cuya evolución era paralela a la del propio Mediterráneo. El francés tuvo la posibilidad de examinar un ejemplar que acompañaba a una compañía circense de Venecia. Su nombre sería foca monje porque los pliegues de su cuello le recordaban a los de un hábito y porque parecía un animal solitario.

«Aquella primera descripción científica fue un gran avance como estudio para demostrar que era una especie diferente, pero hasta los años 60 del pasado siglo apenas hubo un goteo de publicaciones», afirma el investigador y ex presidente del GOB, Xisco Avellà. En España la primera información aparece entre los siglos XVII y XVIII tras el avistamiento de un ejemplar en la playa de Cullera (Valencia).

Los primeros textos retrataban una realidad aún inocente. Las focas monje del Mediterráneo conocidas en Baleares como vell marí tuvieron en las Islas siglos de relativa tranquilidad. En las costas apenas había pueblos y los pescadores aún eran pocos. En el siglo XIX las cosas cambian: el litoral comienza a poblarse, la pesca aumenta y aparecen las armas de fuego. Las focas son perseguidas con trampas, disparos e incluso dinamita. Otras tantas mueren ahogadas en las redes de pesca. Cristóbal Vilella y el Archiduque Luis Salvador recogen en sus escritos esta continua caza.

«No era una persecución económica sino algo similar a lo que ocurría en otras regiones con los lobos o los osos. Era un gran depredador y los pescadores consideraban que acababa con los peces y también causaba destrozos en sus redes, explica Avellà. Las creencias populares atribuían a su piel propiedades contra el aborto o el dolor de muelas. Con la de los ejemplares más jóvenes se fabricaban bolsas para guardar tabaco y uno de sus bigotes podía salvar a un marinero de morir ahogado.

La persecución a la que estas focas fueron sometidas cambió, incluso, sus hábitos. «Se reproducen en cuevas pero sabemos que, aunque no podamos concretar cuándo se produjo el cambio, ése no era su costumbre original», asegura Avellà. De reposar y parir en playas y calas sin depredadores que amenazaran a las crías pasaron a convertirse en animales trogloditas. Algunos autores han querido remontar esta caza a la época talaiótica. Un estudio que Koller realizó sobre la fauna asociada a un yacimiento de S'Illot identificó fragmentos de fósiles de vell marí.

En 1928 un carabinero mató de un disparo en la cabeza a una gran foca negra en una cueva del Canal de Ses Salines (Ibiza). En 1958, entre el cabo de Cavalleria y la isla de los Porros (Menorca) un vell marí y varios delfines peleaban entre redes de pesca hasta que los pescadores recurrieron a los tiros. El mismo año, dos guardia civiles mataban otro ejemplar en Cala Tuent (Mallorca). Son los últimos avistamientos en cada isla.

La protección y la preocupación tardaron aún dos décadas más en aparecer. «Los catálogos de especies amenazadas recogían la especie a finales de los años 80, cuando hacía mucho tiempo que se había extinguido en las Islas», reconoce Xisco Avellà. Una sensibilidad social que llegó tarde para conservar el mayor vertebrado de las costas baleares. Para la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN) es una prioridad mundial en los programas de protección de especies en lucha por los 500 o 600 ejemplares que sobreviven.

«Desde aquel 1958 ha habido informaciones hipotéticas sobre avistamientos pero la mayoría son muy difíciles de comprobar», reconoce el investigador. En 2008 un submarinista conseguía fotografiar con evidencia un ejemplar en una cueva cercana a El Toro (Calvià). Un rayo, grisáceo, de esperanza en la odisea de la especie.

Fuente
Elena Soto: La caja fuerte de la flora balear